Buenismo o barbarie


En un mundo globalizado todos somos «los otros». Utilizar el discurso del miedo y el rechazo a «los otros» para hacer prevalecer a los propios («los españoles primero») es empezar a justificar la utilización de cualquier grupo social (por razón de etnia, de género, de orientación sexual, etc.) como criterio de demarcación para cuestionar a cualquiera de sus integrantes su condición de sujeto de derecho, es decir, su condición de persona. Cuando una parte de la sociedad mira para otro lado en una situación así, mientras otra jalea y normaliza ese discurso, es para tener miedo a los propios.

Aquello que decía Plauto en el siglo III a.C. de que el «lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro», y desarrolló Hobbes en el s. XVII para ilustrar la guerra de todos contra todos, es a lo que nos llevan indigentes morales como Trump, Le Pen, Salvini, Bolsonaro, Orbán y sus homólogos patrios, que sueñan con una reconquista a golpe de exabrupto racista, misógino; discriminatorio, excluyente.

Cuando uno de estos últimos, a través de Twitter, despreció que España, «junto a un montón de progres», respaldara el pasado 10 de diciembre en Marrakech el Pacto Mundial sobre migración de la ONU, adoptado por más de 150 países (excluyendo a los liderados por los «psicopatógenos» mencionados más arriba), mintiendo acerca de sus efectos sobre la soberanía nacional y nuestros derechos, muchos de sus seguidores lo avalaron con mensajes como «basta ya de buenismo», «quieren convertir a España en una provincia africana», «el Islam invadirá Europa por España», «al final los ilegales y los que nos quedaremos sin derechos seremos los españoles», y el consabido «que metan a los refugiados en sus casas», inmundicias aparte. En la reacción de toda esta ralea vemos al lobo hobbesiano asomando sus colmillos.

Califican de «buenismo» la actitud de quienes abogan por el respeto a los Derechos Humanos; de quienes sienten compasión por quienes huyen de la guerra y la miseria. Sin embargo, son estos que niegan el pan al necesitado quienes se erigen, para más inri, en abanderados de los valores cristianos. Pero pasará un camello por el ojo de una aguja antes que cualquiera de estos fariseos inmisericordes se haga acreedor de respeto por su honestidad intelectual o religiosa. Y es que toman el nombre de Dios en vano cuando reprenden en el Congreso al Presidente del Gobierno por no felicitar a los cristianos las fiestas de guardar, pero pecan y encubren a quienes pecan, a conciencia, olvidando deliberadamente que no deben mentir, ni codiciar bienes ajenos, ni robar, y que han de amar al prójimo como a sí mismos, venga de donde venga. Nota: no se acepta «banquero privado» ni «ingeniero fiscal» como sinónimo excluyente de «prójimo».

«Buenismo» se convierte así en la denominación necia de «moral» con la que pretenden camuflar su mezquindad.

Y si tenemos en cuenta la escala de desarrollo moral de Kohlberg, que empieza en la infancia por una etapa egoísta orientada por el castigo y la obediencia, y culmina en la difícilmente alcanzable moral postconvencional, en la que las leyes que cuestionan los derechos humanos o la dignidad personal son injustas y merecen ser desafiadas, entenderemos mejor que la inercia actual de las sociedades del «malismo patriotero» suponga una regresión colectiva a estadios infantiles propios de lo peor de El señor de las moscas.

Pues eso; buenismo o barbarie.

¿Y la próxima semana? La próxima semana hablaremos del gobierno.

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