El convidado no era de piedra


Andalucía se le está atragantando a la derecha. La euforia de la noche electoral se ha disipado. El entusiasmo estaba entonces justificado: la conjunción de las tres derechas les permitía derribar el régimen socialista de los 36 años y a la vez sellar una santa alianza para reconquistar la Moncloa. Depender de la extrema derecha acarrea un coste al PP y a Ciudadanos, pero asumible siempre que no se note demasiado. Solo requiere que Vox se resigne a representar el ingrato papel de convidado de piedra: que pague la fiesta con sus doce escaños, pero que renuncie a salir en la foto.

 Y así fue en un principio. PP y Ciudadanos, confundiendo el silencio de los ultras con su aquiescencia, se apresuraron a pergeñar un programa de gobierno con 90 medidas. Y a repartir cargos y prebendas. Hasta que, rematada la faena, el cartero llamó a la puerta y les entregó las 19 propuestas de Vox para apoyar la investidura del popular Juan Manuel Moreno.

No había en la carta ninguna exigencia que no figurase en las tesis de la ultraderecha. Desmontar la autonomía y devolver al Estado las competencias en educación y sanidad. Derogar la ley de violencia machista y acabar con el «feminismo supremacista», porque los hombres también sufren. Delatar a la policía al inmigrante ilegal que acude al médico u osa empadronarse. Toros y caza. Y festa rachada el 2 de enero, para conmemorar la toma de Granada y la expulsión de Boabdil, aquel que lloró como mujer lo que no supo defender como hombre.

Exigencias a priori «inaceptables». Incluso para Pablo Casado, quien en noviembre defendía que la educación debe volver al Estado. O que nos mentía, como guiño al partido hermano de Ortega Lara, al afirmar que la cuarta parte de las víctimas de la «violencia doméstica» no son mujeres. Pero ya saben PP y Ciudadanos que Santiago Abascal no romperá la baraja ni les obligará a tragar la cicuta de golpe. Sus exigencias eran «negociables», no un órdago. De momento se conforma con una primera dosis, suficiente para imprimir su huella y demostrar que lo suyo no es mera palabrería. Tiempo tendrá, una vez agarrada la Junta por los cataplines, para hacerles tragar a sus socios, cucharada a cucharada, todo el frasco.

De hecho, Vox rebaja su envite una vez alcanzado su primer objetivo. Ha conseguido su primera foto de respetabilidad, ha impuesto su agenda y ha ninguneado la autonomía. Ha dejado claro que Andalucía le importa un bledo. Lo que se negociaba era el ensamblaje de la derecha fragmentada, con el telón de fondo de la palpitante cuestión nacional. Por eso nada pintaban los dirigentes andaluces en el escenario y el pacto lo fraguaron los sumos sacerdotes: el madrileño Ortega Smith y el murciano García Egea, el bilbaíno Abascal y el palentino Casado. Con los barceloneses Rivera y Villegas a la espera, preparados para recoger su parte del botín sin ensuciarse las manos.

Los efectos de las cesiones a la ultraderecha los iremos viendo. Pero anticipo uno: lograrán despertar a la izquierda, cuya desmovilización explica su fiasco.

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