El método Marie Kondo debe morir


Esta semana supe por primera vez de la existencia de Marie Kondo, gurú del orden y la limpieza; en Wikipedia la definen como: autora, empresaria y consultora de organización. Tócate los huevos, consultora de organización. Escuché su nombre el lunes, mientras tomaba el vermú en La Paloma: un hombre le decía a otro que para Reyes le había comprado a sus hijos los libros de Marie Kondo y que por la tarde iban a empezar a ver la serie en Netflix, que su mujer y él estaban hartos de ver cómo sus vástagos tenían las habitaciones cual leoneras. Ese día me quedé perturbado y lleno de curiosidad. Quería saber más sobre esa Kondo, pero el roscón, los regalos y el vino la borraron de mi cabeza.

El miércoles, sumido ya en la rutina ovetense, volví a leer sobre esa mujer en los periódicos: Marie Kondo. Leí unas cosas atroces respecto a la manera de ordenar la casa, y me cercioré de cuáles eran sus libros y su serie. Lo primero que hice fue llegar a casa y devorar toda la información disponible sobre esta señora y su métodos de organización. Una vez hecho esto, fui corriendo a mi biblioteca para comprobar que nada de lo escrito por ella reposaba entre mis baldas. Estaba limpio, menos mal, sino tendría que arrojar sus libros por la ventana o a la hoguera más próxima.

Kondo dice que debemos ordenar nuestra casa basándonos en los sentimientos que nos produzca la ropa, los libros, los electrodomésticos, la comida y todo lo que cope nuestro hogar. La última que vez que sentí algo por un electrodoméstico fue cuando me dio un chispazo la tostadora. Marie es como una mucama devenida en dictadora, además es pequeñita (1,45) como un cabrón que tuvimos aquí hace unos cuantos años. La César visionaria del orden.

Me vi un capítulo de su serie, uno que va a casa de una pareja gay que dicen ser escritores, y en realidad trabajan de guionistas. Les apremia a deshacerse de sus libros -que por otra parte su biblioteca es bastante pobre, cualquier familia proletaria adscrita al Círculo de Lectores tiene más y mejores libros que ellos-, considera que con treinta libros en una casa son suficientes, mejor aún si todos son los suyos. Dice que los libros hay que acariciarlos, elevarlos, contemplarlos con distancia para elegir los adecuados. Esos libros que formen el hall of fame. Aboga por deshacerse de los que cueste leer y los que no nos generen atracción por acariciarles las tapas. También por guardar palabras y hojas, «arranca aquellas páginas que más te hayan llegado». Llegué hasta aquí, no aguante tanto buenísimo, felicidad y gilipollez. La señorita MK es japonesa, ha conseguido vender cientos de libros, pero no aprender inglés: va con su traductora de un lado para otro. Quizá el deshacerse de tantos libros tenga la culpa.

Miren, si solo tienen treinta libros en su casa el menor de los problemas lo tienen con el orden, el mayor con su cabeza. Vivan en su particular caos, no caigan en lo domesticación. Lo bueno mancha, despeina, trema; todo esto es lo que les hace felices.

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