Atrapados en la paradoja


El Reino Unido, después de su accidentado y mal avenido matrimonio con la Unión Europea, ha quedado atrapado en la paradoja de la copla que algunos atribuyen -sospecho que con escaso fundamento- a Antonio Machado: «Ni contigo ni sin ti / tienen mis males remedio; / contigo, porque me matas; / y sin ti, porque me muero». Si me quedo, mal: supondría traicionar el mandato expresado por el pueblo británico en el irresponsable referendo convocado por David Cameron. Si me voy dando un portazo, peor: el importe de la factura y la fractura puede ser catastrófico.

Y, sin embargo, después de que la propuesta de divorcio amistoso se estrellase en el Parlamento, los británicos parecen condenados a soportar uno de los dos males de la paradoja. Se encuentran en el tramo final de un callejón que conduce directamente al abismo, han rechazado la última salida que les ofrecía el callejero y, en consecuencia, solo les quedan dos opciones: o bien dar marcha atrás y reconsiderar el brexit con un nuevo referendo, o bien dejarse llevar por la inercia y precipitarse al vacío sin red de seguridad que amortigüe la caída.

Intuyo que, a estas alturas, la tercera vía está definitivamente cegada. Aunque Bruselas alargue los plazos y renegocie y edulcore los términos del divorcio, no veo posibilidad alguna de reconstruir un acuerdo que sea aceptado en Londres. Simplemente porque los británicos saben lo que no quieren, pero no saben lo que quieren. No quieren Europa, ni un brexit por las bravas, ni el acuerdo defendido por Theresa May, ni que su país continúe en la unión aduanera, ni mantener la libertad de movimientos entre la isla y el continente, ni una frontera en el Ulster. Rechazan muchas cosas y sus contrarias. Pero, en contraposición, no son capaces de articular una mayoría social y parlamentaria acerca del modelo de brexit que desean.

Viven encadenados a Cameron y a su referendo. Los plebiscitos, que reducen maniqueamente a un sí o un no cualquier pregunta compleja, los carga el diablo. Al impedir la respuesta matizada -Europa no, pero...-, se convierten en una caricatura de la voluntad popular que debe ser reinterpretada. El referendo del brexit se me antoja un ejemplo de libro. La mitad más uno de los británicos, a contrapelo de la postura oficial de los dos grandes partidos, apoyaron la salida de la UE. Pero nadie le preguntó a esa mitad triunfante sobre las condiciones del divorcio. De haberlo hecho, se constataría que la exigua mayoría estaba, a su vez, subdivididida entre duros, blandos y mediopensionistas. Entre favorables a la separación amistosa y partidarios de la ruptura con orden de alejamiento, con múltiples gradaciones intermedias. Una división que bloquea cualquier acuerdo: deja en minoría al proponente frente a la suma de quienes se oponen al brexit y quienes abogan por otro brexit.

Los referendos los carga el diablo. Son válidos y útiles para refrendar grandes acuerdos, pero sumamente peligrosos cuando se utilizan para abrir procesos de incierto desenlace.

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