Honor a un guerrero


Eso era Tini Areces: un guerrero. El político que no se rendía ante las adversidades, que nunca daba la batalla por perdida, aunque la villa de Gijón, cuya alcaldía asumió en 1987, languideciera a ojos vistas aquejada de feroces reconversiones industriales. El nuevo alcalde embridó las crisis, apagó los fuegos de las barricadas y construyó un proyecto de ciudad que ilusionó a la mayoría del vecindario y la transformó radicalmente: Si apenas disponía de centros de enseñanza superior -solo migajas cedidas por el centralismo ovetense-, conformó un auténtico campus universitario y colocó al lado un parque tecnológico, el primero de índole municipal, que se ha convertido en motor de desarrollo; si el urbanismo de Gijón formaba parte de las malas prácticas y se enseñaba en las escuelas de arquitectura como modelo a evitar, el nuevo alcalde diseñó una ciudad ordenada y amable, dotando a los barrios más depauperados de los mismos servicios con que contaban los territorios de los más pudientes: escuelas, institutos, centros de salud, equipamientos deportivos…; si la fachada litoral aparecía degradada, añadió a su principal bahía, la de San Lorenzo, dos playas más y un puerto deportivo; Si Gijón carecía de historia porque, por no tener, no tenía restos visibles del pasado romano y prerromano, mandó excavar murallas enterradas y la ciudad rebuscó en su pasado una memoria floreciente que se le había escatimado; si la falta de empleo acuciaba a un número importante de ciudadanos, ideó y pactó con sindicatos y empresarios, mediante aportaciones municipales, nacionales y europeas (no dejaba escapar ninguna oportunidad de financiación), planes de empleo que fueron ejemplares, imitados por el municipalismo español. En fin, este nuevo alcalde provocó el orgullo de ciudad que Gijón necesitaba para resurgir, contagió a la ciudadanía de ese espíritu de lucha tan opuesto a la sensación de resignación que imperaba antes de su llegada a la alcaldía.

Tres mandatos, 12 años le llevó dotar a la mayor ciudad de Asturias del impulso necesario para alcanzar esa revitalización que se ha descrito a trazo grueso. En 1999 ganó por mayoría absoluta las elecciones al Principado de Asturias. El objetivo era evidente: hacer en Asturias lo que había hecho en Gijón. A fe mía que lo consiguió, aunque, en esta necrológica de urgencia, no pueda detenerme en la glosa que merecen sus 12 años como presidente del Gobierno de Asturias.

Vicente Álvarez Areces entendía la política como instrumento de transformación social, como armamento imprescindible para la construcción de espacios de igualdad. Y la ejerció, doy fe, como el guerrero más combativo y glorioso de nuestra tribu.

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