La fábula de la abuela y el niño


El niño y la abuela. Esa podría ser la última fábula política. El niño no estaba cómodo en la casa familiar. Se sentía marginado, a pesar de su inteligencia y preparación. Se comparaba y no encontraba justo que la madre, de nombre Irene, tuviese más importancia orgánica que él. Una vez el niño le plantó cara al padre y perdió. Comenzó a pensar que no era querido por la familia y sintió la tentación de irse de casa, pero le daba miedo la calle. Hasta que un día habló con la abuela, que por su carácter y su antigua profesión de jueza tampoco mantenía buena relación con el padre. De hecho, todo el mundo le oyó alguna vez decir que no tenían nada que ver. Poco después, la abuela creó una plataforma, al niño le gustó, la vio como el hogar apetecido y le sedujo la idea de iniciar con ella una aventura metiéndose en esa plataforma. Después de muchas conversaciones y reflexiones, le dejó al padre una nota con cinco palabras: «Me voy con la abuela».

 Y se fue. La crisis familiar fue tremenda, porque nadie se había enterado de la conspiración. El padre consideró que era una traición de dos de las personas que más apreciaba y le dijo al niño que estaba muy dolido y que no volviera por casa. Ahora está pensando si le quita el apellido y la ropa que se llevó. El cisma familiar es de los que hacen época. La abuela se llama Manuela y el niño, Íñigo, aunque todo el mundo lo conoce como Errejón. Su historia está en todos los papeles con llamativos titulares: golpe de gracia a la casa familiar o de que el padre paga sus pecados de estilo de paterfamilias parecido al hiperliderazgo.

Trasladada la fábula a la política, es evidente que Errejón y Carmena tienen un alto concepto de sí mismos. Entienden que la marca Podemos -la casa familiar- es una marca desgastada con la cual es difícil ganar unas elecciones, como demuestran las últimas encuestas y las elecciones andaluzas. Las diferencias con Iglesias se extienden desde la concepción del partido a su excesivo radicalismo, que provoca entusiasmo en las minorías, pero rechazo en la mayoría del cuerpo social. Y ambos creen, sobre todo Carmena, que su nombre pesa más que unas siglas que perdieron parte de su encanto. Eso es la escisión.

Veremos qué dicen las urnas, pero el experimento empieza a ser fascinante: he ahí a dos personas de generaciones muy distintas que plantean un duelo a muerte a un partido político con toda su fortaleza. Atentos al resultado, porque puede ser el fenómeno Macron aplicado al ayuntamiento y a la Comunidad de Madrid. Si fracasa, será un fracaso personal. Pero si triunfa, será el triunfo de dos personas sobre el poderío de un partido que nació para cambiar el mundial. Para ser exactos, «el mundo mundial».

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