La izquierda resucita los malos hábitos


Probablemente no se habían perdido del todo, pero la izquierda parece empeñada en resucitar dos de sus peores hábitos, que la debilitaron en los dos últimos siglos: el sectarismo y la fragmentación, ambos estrechamente relacionados. Puede parecer excesivo que les atribuya una vida bicentenaria, pero, debido a mi profesión, no hace mucho que reflexionaba sobre cómo la división de los liberales había favorecido el fin de la etapa constitucional de 1820-1823 y la del republicanismo la posibilidad de consolidar una república democrática en 1873. Lo peor es que liberales y republicanos tenían enfrente a poderosos enemigos, que aprovecharon para fortalecerse mientras ellos se destrozaban entre sí.

No me refiero en el caso del Trienio Constitucional a la inevitable división entre liberales conservadores, entonces llamados moderados, y progresistas, en aquella época conocidos como exaltados, sino a la creación de múltiples facciones incapaces de superar diferencias y personalismos para defender lo fundamental -la libertad y la Constitución- y, sobre todo, a la escisión de los comuneros y su cainita enfrentamiento en 1823, con los absolutistas franceses cruzando la frontera. En 1873 rompieron primero los republicanos centralistas con los federales y luego los segundos se enzarzaron en una guerra civil, que se superpuso a la que se libraba contra el carlismo absolutista. La restauración de la monarquía vino sola.

A comienzos del siglo XIX la izquierda liberal/demócrata, después los republicanos, más tarde las diversas corrientes socialistas, fuesen de tradición anarquista o marxista, la tendencia a la división y al enfrentamiento fratricida fue constante. Sin ir tan lejos, es inevitable la analogía entre la oposición al franquismo en los años sesenta y setenta y la judía a los romanos de La vida de Brian. Es cierto que se trataba de un fenómeno global, no creo que los guionistas de la película pensaran en España, pero aquí se multiplicó, especialmente en Asturias. Me parece que la única sigla de la que no conocí ningún adepto en mi juventud fue el PORE, pero, a cambio, surgieron varias estrictamente autóctonas.

Las elecciones convencieron rápidamente a muchos de que poco sentido tenía hablar en nombre de unas masas que no les hacían ningún caso, la vida, que obliga a madurar, hizo el resto. El fin del llamado socialismo real y, sobre todo, la evidencia de que no solo no había creado un nuevo modo de producción, una etapa superior de la historia, sino que ni siquiera había logrado cambiar las mentalidades de pueblos que pronto se aferraron a las religiones tradicionales y las ideas conservadoras, dieron la puntilla a los debates sobre el sexo de los ángeles.

La pluralidad de la izquierda, como la de la derecha, es inevitable y saludable. Lo que tiene menos justificación es que se multipliquen las facciones, especialmente si en ello tienen un peso decisivo las ambiciones personales. El sectarismo es imperdonable. No creo que el electorado de izquierda comprenda que, en Gijón, Xixón sí Puede haya apoyado cuatro años de gobierno en minoría de Foro, buena parte de sus propios afiliados tampoco parece hacerlo. Es cierto que el PSOE también está dividido y su candidatura no parece muy atractiva, pero eso solo va a favorecer a las derechas, que, por divididas que estén, sí saben cuáles son sus objetivos y quién es el adversario común. IU conservaba su prestigio en Asturias, pero no va a verse favorecida con la pérdida de Llamazares. No pintan bien las cosas para la izquierda en el principado.

En el conjunto de España, Podemos ha dilapidado en estos cuatro años la suma de esperanzas que había capitalizado. No creo que el problema fuese la alianza con Izquierda Unida sino que convirtiese a esta formación más en subordinada que en coaligada, lo que alejó a muchos de sus votantes, que tampoco comprendieron que se permitiese a Rajoy seguir en la Moncloa tras las elecciones de diciembre de 2015. El fin de la democracia interna, que había creado la ilusión de que se trataba de un partido realmente nuevo, también contribuyó a la pérdida de apoyos. La puntilla fue cómo se gestionó la disidencia de Íñigo Errejón, uno de sus principales activos. Los problemas de Galicia, Cataluña y otras comunidades demuestran, junto a la pérdida de votos, que la crisis es profunda y no se solucionará con golpes de autoridad.

Que haya fracasado la coalición entre Podemos e IU y que en algunas elecciones municipales y de comunidades autónomas la diversidad de candidaturas no haya perjudicado el resultado final de las derechas o las izquierdas no quiere decir que esto vaya a suceder en unas generales, donde hay que tener en cuenta a las provincias poco pobladas y sobrerrepresentadas. Además, en cualquier elección, los votos de las candidaturas que no obtengan el mínimo necesario para obtener escaños se pierden. ¿Hay espacio y justificación ideológica para una multiplicación de las candidaturas de izquierda? Por un lado el PSOE, que si se escucha a los señores Fernández Vara, Lambán y García-Page casi parece más una coalición heterogénea que un partido; en medio la corriente que promueven, entre otros, Baltasar Garzón y Gaspar Llamazares; en campo parecido se sitúan Carmena y Errejón; a su izquierda Podemos y, quizá separada, IU. Todo eso sin contar a Esquerra y la CUP en Cataluña y las siglas que puedan surgir o reaparecer en Galicia si estalla En Marea.

Lo más probable es que todo ello conduzca a la decepción y el desconcierto del votante de izquierda. La abstención es una amenaza real, como se vio en Andalucía, y la pérdida de votos del PSOE hacia Ciudadanos también.

Gobierna el PSOE apoyado por Unidos Podemos, pero se observa desánimo entre quienes simpatizan con la izquierda. La derecha está dividida, pero crecida ¡Hasta el PP se presenta como el partido que va a acabar con la corrupción! Los reinos de taifas le van a poner fácil la reconquista. No parece que haya tiempo para que renazcan la ilusión y la confianza entre el electorado progresista y, sobre todo, no se percibe quién puede generarlas, quizá eso es lo peor.

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