La rebelión del taxi


El taxi es un arma de caos masivo si se utiliza como tal. Los taxistas unidos y sublevados tienen el fabuloso poder de paralizar una ciudad, de boicotear Fitur, de dejar sin servicio a miles de ciudadanos y, si cuentan con apoyo exterior, de cerrar una frontera. Todo eso lo hemos visto estos días, con el añadido de brotes de violencia, desgraciadamente habituales en este tipo de conflictos. Es la ira del taxista, que yo no justifico, pero comprendo porque está en juego su trabajo y, en consecuencia, el pan de sus hijos.

Lo que sorprende de su huelga o cierre patronal en Madrid y Barcelona es que se hizo sin servicios mínimos. No se vio ningún ejercicio de autoridad más que ayer para dejar libre una entrada al recinto donde se celebra Fitur. Los cortes de tráfico se hicieron sin que conste una intervención policial para auxiliar a los demás conductores. Y se llegó al nuevo conflicto sin que las autoridades regionales o locales supieran prevenirlo o no tuviesen más información que la publicada en los medios informativos. El caos estaba asegurado.

En esta nueva contienda ha fallado todo. Falló el cumplimiento de la norma que preveía una licencia por cada treinta de taxis. Los jueces se dedicaron a dar licencias a quien las pedía por puritanismo legal, con lo cual nos encontramos de golpe con una explosión de éxito de Uber y Cabify que amenazó la supervivencia del sector tradicional. Como complemento, el Gobierno de la nación se desentendió del asunto, se lo pasó a las autonomías, con lo cual puede haber 17 regulaciones distintas, y ahora hay intentos de pasar el marrón a los municipios. Otro ingrediente para el caos, mientras los taxistas gritan en sus concentraciones un «guerra, guerra, guerra» que estremece.

En busca de soluciones hay que ser realistas: la revolución tecnológica ha llegado al mundo del taxi y a la competencia se la domina ganándole, no tapando calles. Los nuevos operadores, odiosos por ser multinacionales que aspiran al monopolio, han sabido captar las deficiencias del taxi y atacan por ese lado. Sus conductores no son profesionales y se les nota, pero cuidan más su aspecto. Y con todo eso seducen al personal. Las asociaciones de taxistas debieran pensar varias cosas: aplicar las mismas técnicas si no quieren quedarse fuera del mercado; analizar por qué los jóvenes prefieren Uber o Cabify, y calcular cuánta popularidad pierden en estos conflictos, que creo que es mucha por el daño que producen. Y el Gobierno, que no eche balones fuera, que no renuncie a sus competencias y use los medios físicos y legales que tiene. Cuando se intenta cerrar una frontera o boicotear una feria como Fitur, es un problema de Estado, no regional ni municipal.

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