El «vía crucis» de Podemos


Hay pocas dudas, después de lo visto en Madrid, de que Podemos camina hacia el calvario de la irrelevancia. Aquel movimiento revolucionario, alimentado por los damnificados de la crisis y de las terapias liberales aplicadas, fracasó en su intento de asaltar los cielos y derribar el sistema. Consiguió, eso sí, arrinconar al PSOE -la casta rosada y reformista- y robarle una amplia franja de su territorio, pero sin conquistar la hegemonía en la izquierda.

Fracasado el asalto al palacio de invierno, también porque perdió presión la olla de la indignación con el cambio de ciclo económico, comenzó el aggiornamento: la integración de Podemos y sus confluencias en el sistema. La difícil transformación de un movimiento heterogéneo, una amalgama de fuerzas solo unidas por su rechazo al régimen del 78, en un partido socialdemócrata a la vieja usanza. La misión resulta imposible sin dejarse jirones por el camino, en forma de defecciones, encontronazos, purgas y división.

Misión imposible por dos razones. En primer lugar, porque no existe artesano capaz de construir un paraguas político que albergue a todas las familias infelices que se movilizaron contra la casta. Pablo Iglesias e Irene Montero deberían releer, en clave política, el brillante arranque de Ana Karenina: «Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada». ¿Qué proyecto político puede eliminar las causas dispares, e incluso contradictorias, que provocan la infelicidad de mi gente?

La segunda razón consiste en un arduo problema de lindes con el vecino. Comparte con el PSOE la finca de la izquierda, pero ambos pretenden correr los marcos y ampliar su parcela. Hay dos maneras de conseguirlo, el pleito o el acuerdo amistoso, y Podemos ya ha probado ambas fórmulas con magros resultados: su espacio sigue contrayéndose. Y no siempre en beneficio exclusivo del vecino colindante.

Todas las estaciones del vía crucis de Podemos están marcadas por su relación con el vecino socialista. En la primera, Iglesias se opuso a la investidura de Sánchez y el acuerdo del PSOE con Ciudadanos. Fue su primer error. Una simple abstención le hubiera permitido capitanear la oposición de izquierda al Gobierno. Y administrar toda la finca en ausencia del cotitular.

Tal vez escarmentado, cambió de estrategia en la moción de censura y optó por el acuerdo amistoso. Iglesias se erigió en el embajador plenipotenciario de Sánchez y en propagandista urbi et orbe de su proyecto de Presupuestos. El espejismo se disipó y el líder de Podemos comprobó que, de no marcar distancias, su partido corría el riesgo de diluirse en aguas socialistas.

El voto en contra del decreto ley de alquileres señala el inicio de la tercera estación. Volvemos al pleito, contenido y con medida cautela, porque tampoco a Podemos le conviene adelantar las elecciones. Necesita tiempo para encontrar un hueco estable en el sistema de partidos. Y encontrará su parcela propia, aunque sospecho que será mucho más exigua que la actual.

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