Julen y los héroes más tristes


Lo sacaron. Pero estaba muerto. Trece días eran demasiados. Los primeros indicios de la autopsia hablan de un fuerte golpe en la cabeza que acabaría con su vida durante la caída. Los héroes de Asturies, patria querida, no pudieron decirlo más alto ni más claro: «Julen es un minero, es uno de los nuestros. Y un minero no se queda en el fondo de un pozo». Cumplieron su palabra de la mano de los expertos de la guardia civil, pero todo ha sido para un entierro.

Hay dos trabajos para los que no llega con el valor. Bajar a la mina y salir en un barco del tamaño de una zapatilla a pescar en el Gran Sol con mar arbolada o montañosa, con olas de seis a catorce metros, es para personas muy especiales. Enfilar el mar nuestro de cada día con temporal en la noche oscura como goma negra merece una consideración de otro planeta. Pero para todos los que sentimos algo de claustrofobia pensar en meterse en ese agujero sin apenas oxígeno son palabra mayores. Descender al interior de la Tierra es como bajar al infierno. Ya lo es en una mina preparada, pero para hacerlo en un mero agujero improvisado y una vez abajo ponerse en turnos de entre cuarenta minutos y una hora a cavar la galería horizontal para enlazar con el túnel de Julen es impresionante. Las imágenes que se difundieron del vídeo son tremendas. Con un martillo neumático, pero también con picos, con las manos para apartar las piedras, con microvoladuras controladas para avanzar donde no podían, porque se volvieron a encontrar roca, un escenario dramático que demuestra que la vida no tiene guion.

Por una vez en este país estamos de acuerdo en algo: los chavales de Salvamento Minero no están hechos de madera de héroe, están hechos de roca de héroe. A ellos son a los que les tenemos que pedir autógrafos y no a los millonarios y mimados futbolistas. Aún falta el desenlace. Lo dijo ayer un ministro: «Ahora resta determinar las circunstancias en las que se ha producido este trágico suceso».

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