Los niños y los pozos


Parece que en España hay miles de pozos abiertos como el de la tragedia del niño malagueño. Pozos que, callados, esperan. De niño leía que José, uno de los numerosos hijos de Jacob el de las lentejas, había sido preso por sus hermanos en un pozo, y luego vendido a unos mercaderes que se dirigían a Egipto. Allí se hizo guapo y tentador, rechazó a la mujer de su amo Putifar, se dedicó a interpretar los sueños del faraón e hizo carrera. Luego está el pozo de Alicia, claro. Una de las obras más importantes de la literatura universal está causada por la aversión a la lectura. Alicia se aburre porque su hermana lee un libro sin imágenes ni diálogos. Y, revolviendo y enredando, se precipita por un pozo de una profundidad eterna. En su caída se entretiene con pensamientos divertidos. Luego, abajo, ya saben ustedes. El conejo, la reina de corazones... Ahora se habla de nuevo de la relación extraña de Lewis Carroll con las niñas, y no es para menos. Las fotos que les tomaba no dejan de ser inquietantes y turbadoras.

 También se habla de la proliferación de lugares vetados a los niños, para que los hípsters solteros no vean enturbiado su papanatismo contemplativo. Y yo les doy la razón. Antes a los niños nos echaban de los sitios de mayores, pero aun antes, en los tiempos de mis abuelos, los trataban como si fueran adultos, y les dejaban ver las ejecuciones públicas y los ponían a trabajar. Por eso se escribió Oliver Twist. Para sacar a los niños de los pozos.

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