El final de la agonía


Habrá elecciones muy pronto. O al menos eso parece, después de que la derecha y los independentistas tumbaran el proyecto de Presupuestos. A Pedro Sánchez no le queda otra. El escenario actual, inflamado por la crispación, quizá no le sea el más favorable. Pero dudo que encuentre en los próximos meses un momento más propicio para disolver el Parlamento. Todo tiene visos de empeorar. Y él tiene las manos atadas: sin Presupuesto propio, con sus iniciativas legislativas bloqueadas por la mesa del Congreso, con los independentistas reclamando lo imposible y con sus barones atacados de los nervios. Hará bien en poner fin a la agonía.

La puntilla a la legislatura se la ha puesto el comienzo del juicio del procés. Y la enorme conmoción emotiva que la fotografía de los nueve acusados produce en el seno del independentismo. ¿Qué dirigente nacionalista se atrevería, so pena de ser inmolado en la hoguera por traidor a la causa, a echar una mano al Gobierno que permite tamaña atrocidad? Ninguno. En consecuencia, el separatismo ha pasado de reclamar un gesto de distensión para apoyar el Presupuesto a exigir lo imposible: negociar la autodeterminación.

Del otro extremo de la cuerda tira la derecha. Colaboradora necesaria del independentismo, con sus soflamas incendiarias, sus injurias y sus mentiras -¡Sánchez aceptó las 21 exigencias de Torra!-, para elevar el nivel de crispación, el griterío y la ingobernabilidad, hasta el punto de acusar al presidente del Gobierno de alta traición.

En el independentismo hay dos almas: véase al procesado Junqueras negándole el saludo a Torra. En los partidos constitucionalistas, también. El PSOE de Sánchez y el PSOE de los barones. El Ciudadanos que rehúye la foto con Abascal y el Ciudadanos que, a través del mediador-relator Pablo Casado, acepta la muleta de la extrema derecha. Y el PP que abraza a Vox frente al antiguo PP de Mariano Rajoy que tenía sentido de Estado.

Resulta curioso que el PP ultramontano reivindique ahora, como sostén de sus desvaríos retóricos, una declaración de Felipe González. Curioso porque aún no hemos visto al expresidente socialista del brazo de Abascal. Y curioso porque el mensaje de González no es el de Sánchez ni Casado, sino el que cabría esperar de una oposición leal y responsable, verbi gratia:

-Señor Sánchez, estoy seguro de que usted y su partido respetarán siempre la Constitución. Ahora bien, rechazo la figura del relator o mediador, no comparto su receta del ibuprofeno y afirmo que su vía de diálogo conduce a un callejón sin salida.

Pero ese lenguaje -y esa lealtad- pertenece a otra época. Ahora se usa el diccionario ya no para zaherir al adversario, sino como combustible para avivar las llamas. Por eso me temo que las próximas elecciones no servirán para sofocar el incendio, ni conformar un Gobierno estable, ni apaciguar Cataluña. El día después, como en el cuento de Monterroso, el dinosaurio seguirá ahí. La única esperanza estriba en que el pueblo soberano, con su sensatez, devuelva la cordura a los salvapatrias.

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