Salud


Un amigo con el que tomo café casi todas las semanas bromea al pedir el suyo: «Para mí, un desgraciado». Le llama así porque no es solo, ni cortado, ni con leche, sino un descafeinado con leche, sin lactosa y con sacarina. Otro conocido comenzó un artículo no hace mucho con la afirmación tajante de que «se está volviendo cada vez más difícil comprar comida». Aclaraba luego que no se refería a Venezuela, sino a Portugal y a su barrio. Y empezaba a describir cómo los pocos estantes de comida orgánica de hace unos años habían ido avanzando por el supermercado apoderándose de pasillos enteros de galletas y yogures sin gluten, refrescos sin azúcar, leches desnatadas, mantequillas sin grasas y jamones cocidos sin sal.

La alimentaria es apenas una de las muchas manifestaciones de la creciente obsesión enfermiza… con la salud: cómo conservarla, recuperarla o aumentarla no sólo han devenido en asunto principal de noticiarios y conversaciones, sino que los comportamientos poco saludables -incluso los discutibles- pueden convertir a cualquiera en un apestado.

Leo, sin embargo, que en una encuesta realizada en Estados Unidos a personas de la tercera edad, cuando se les preguntaba de qué cosas se arrepentían, un escaso 6 % decía que deberían haber cuidado más su salud; fumar o beber menos, por ejemplo. La mayor parte de los remordimientos se referían a cuestiones sentimentales, familiares y profesionales. Cabe pensar que quienes podrían arrepentirse de comportamientos poco sanos o saludables no alcanzaron la edad suficiente para entrar en la encuesta. O que vistas las cosas desde el final, con perspectiva, lo que verdaderamente produce salud no es la salud misma.

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