Unas elecciones con el nacionalismo sin complejos como peligroso protagonista


Quizá la consecuencia más importante de la manifestación del pasado 10 de febrero es que animó a los nacionalistas españoles a salir del armario. Cierto que el disfraz de «constitucionalistas» resultaba bastante poco eficaz para cualquier observador mínimamente distanciado de la propaganda partidaria, pero las cosas ya han quedado claras para todo el mundo. Lo malo es que el enfrentamiento entre dos nacionalismos radicalizados solo puede conducir a resultados desagradables. Los más satisfechos con la aparición de Vox y la radicalización del PP son, sin duda, Torra y Puigdemont. A su vez, el señor Abascal debe estarles sumamente agradecido en la intimidad. Que el señor Rivera se haya olvidado del centrismo moderado y haya preferido convertirse en el perrito faldero de la extrema derecha solo empeora las perspectivas.

Que la derecha lleve como principal bandera electoral la suspensión indefinida de la autonomía de Cataluña es muy peligroso porque supone que se aleja del orden constitucional y, si se aplicase, solo conduciría al enfrentamiento civil y al fortalecimiento del nacionalismo catalán. El giro autoritario y anticonstitucional afectaría necesariamente a los derechos y libertades del conjunto de los españoles. Hay un párrafo del manifiesto que Vox, PP y Ciudadanos pactaron para la manifestación de Colón que ha pasado desapercibido, pero resulta muy amenazador: «Cada español está amparado por la Constitución para pensar lo que considere y lo que le exprese su conciencia. Pero no ampara ni acoge ninguna maniobra que ponga en juego el propio marco de la Constitución. Solamente son válidas las propuestas que se atengan a su letra y a su espíritu». Es una formulación de la libertad muy similar a la del artículo 12 del Fuero de los Españoles de la dictadura y contraria a la letra y a la interpretación de los tribunales de la Constitución de 1978.

Afortunadamente, gracias a la Constitución, un español puede defender la república, aunque sea monárquica, el socialismo, aunque proteja la propiedad privada, o que Cataluña es una nación y tiene derecho a ser independiente. Otra cosa es que para llevar a la práctica esas ideas deba conseguir en unas elecciones la mayoría necesaria para reformarla. ¿No se insiste en que los políticos, funcionarios y líderes sociales catalanes procesados lo están por haber violado la ley y no por ser independentistas?

El lenguaje guerracivilista que han adoptado Abascal, Casado y algunos periódicos madrileños ha convertido en «traidores», «felones», «frentepopulistas», «comunistas» y «filoetarras» a sus adversarios. Casado ha amenazado con derogar la ley del aborto y hace guiños al antifeminismo rancio del líder de Vox. No les ha importado fomentar artificialmente un clima de crispación que ya comienza a tener consecuencias en las calles. Su lema es actuar «sin complejos», algo que entienden como libertad para insultar y mentir, como hacían en el citado manifiesto. No deja de ser curioso que quienes se lanzan a la batalla contra la imposición de lo políticamente correcto sean los mismos que piden la persecución implacable de titiriteros, raperos, artistas, humoristas o medios de comunicación que les disgustan.

Con posiciones distintas, los únicos partidos no nacionalistas son el PSOE, Podemos e IU. Que Ciudadanos tenga como única propuesta la suspensión de la autonomía catalana y se haya colocado al lado de la derecha radical deja al PSOE en exclusiva el ámbito de la moderación. Son factores que pueden influir en el resultado electoral.

Sería caer en el casadismo sostener que el triunfo del tripartito derechista conduciría a una dictadura conservadora, pero sí es cierto que los discursos de Vox y el PP sin complejos recuerdan demasiado a Trump, Bolsonaro, Salvini, Orbán, Kaczy?ski o incluso Erdogan y Putin y que no parece que Ciudadanos sea una garantía de moderación. Una dictadura no, pero sí autoritarismo, antifeminismo, recorte de libertades y de derechos sociales, injusticia fiscal, privatización de servicios públicos, centralismo... Eso es lo que está en juego el 28 de abril y es mucho.

La crisis catalana es importante, pero no es lo único que se dirime en las elecciones. El Estado ha demostrado que es fuerte y que la secesión no es un peligro inminente. El problema está en la mayoría, social y parlamentaria, que existe en Cataluña a favor de la autodeterminación y en las reiteradas victorias electorales de los independentistas y la única solución que tiene es la democrática. Si lo que se ofrece es un nacionalismo alternativo y agresivo, la independencia llegará inevitablemente y lo peor es que sea de forma violenta. En cualquier caso, Cataluña no puede hacer olvidar el funcionamiento de los servicios públicos, especialmente la sanidad y la enseñanza, la legislación laboral, la política fiscal, la lucha por la igualdad de las mujeres, la defensa de las libertades y de una sociedad tolerante y abierta. Tampoco la corrupción, por supuesto.

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