8 de marzo, día de puertas abiertas


La Corona, entre otros, podía haber aprovechado alguna ganga. El 8 de marzo fue un día de ofertas y oportunidades. Vayamos por partes. El feminismo en sí, la obligación de igualdad, es muy exigente durante 364 días al año. Es exigente porque hablamos de una igualdad radical. Cuando hablamos de igualdad social, no pretendemos que todo el mundo gane exactamente lo mismo, sino que la desigualdad no alcance la desmesura y nadie quede por debajo de la dignidad (que es mucho más que la subsistencia). Cuando hablamos de igualdad de oportunidades, en cambio, la igualdad de la que hablamos es radical y literal. Y cuando hablamos de igualdad de género también. Radical y literal. Y es exigente porque cuando la mujer dejó de ser legal o fácticamente un ser dependiente y el sistema tuvo que asumir que la mitad de la población adulta era efectivamente población adulta, la ingeniería social que nos sostiene tuvo que hacer muchos reajustes, no todos armónicos. Es exigente porque el sistema tiene que volver a reajustarse para encajar el reparto y coste de todas esas horas que media población dedica a atender a tres generaciones: marido, hijos y padres. Es muy exigente porque tiende a subvertir la estructura de la familia y la familia opera como una metáfora, como una estructura abarcable con la que se piensan las estructuras mayores del orden social y político. Es exigente porque enfoca y denuncia conductas de abuso que se enmascaraban en envolturas dulzonas y tramposas de amor romántico o en una privacidad hogareña mal entendida. Es exigente porque señala los casos más graves que suponen poco esfuerzo de coherencia, pero también los menos graves que forman por acumulación el suelo fértil para los graves y que roen la conducta cotidiana de la mayoría. Lo más grave es que maten a mujeres. Es grave, pero es fácil ser coherente con la denuncia: basta con no matar a mujeres para ser coherente y eso es muy fácil. Pero las pequeñas inercias domésticas, los pequeños gestos de la vida social que retienen por acumulación de estereotipos y desventajas, esos llamados micromachismos que tanto arañan e irritan, sí comprometen porque chirrían en nuestra conducta cotidiana como cristales molidos.

Y todo esto es muy exigente. Se nota que lo es porque se abrió alguna espita en alguna parte, saltó alguna pinza en algún momento, y el ansia de igualdad se hizo torrencial e impaciente y las telarañas de resistencia se hicieron visibles. La misoginia de la Iglesia se hizo estruendo. Las reacciones de la ultraderecha tienen aire de trinchera asustada. Los conservadores moderados inventaron feminismos liberales llenos de esas razones cuyo sentido «no se lo sacara ni las entendiera el mesmo Aristóteles, si resucitara para sólo ello», como se decía en D. Quijote sobre las sinrazones de Alonso Quijano. Algunos veteranos socialistas, irritados en una sociedad cambiante en la que son irrelevantes ellos y sus recuerdos, con lo que ellos fueron, se llenaron de pulgas y se contornean con incomodidad perorando apoyo al feminismo «de verdad» y rugiendo su decadencia contra el feminismo «radical», que es la pura y simple exigencia de igualdad en lo grande y en lo pequeño. Por eso, es difícil y exigente la conducta y la reivindicación igualitaria 364 días de cada año, sobre todo de un tiempo a esta parte.

El día 8 de marzo tiene una importancia evidente en la reivindicación igualitaria. Es una jornada que ayuda mucho a que todos los demás días el feminismo sea exigente, impaciente e impetuoso. Pero es un día de puertas abiertas en el que puede entrar en las dependencias del feminismo gente ajena a esa sensibilidad y salir con un pin en la solapa. La fecha, a la vez que combativa, se va haciendo institucional y en alguna medida rutinaria. Esto no es malo, porque lo que tiene de inercia el día 8 no deja de ser parte del sedimento que los movimientos igualitarios van dejando en los tiempos y el grito que representa la jornada, al hacerse cíclico como un tam tam, hace el efecto de la mano que agita rítmicamente una cuerda y mantiene la vibración. Pero todo lo que se hace institucional se basa en la repetición esperada y siempre crea una espuma que sólo retiene ya desleído el sabor del grito de base. Pasa con el primero de mayo y otras jornadas. Por eso el día 8 hubo puños apretados contra crímenes machistas sobre los que una capa de mercadeo electoral miserable se superpuso a la capa de indolencia cómplice que ya conocíamos. Pero también hubo una oferta en el Masymás de hojaldres rellenos, con forma de lazo feminista, a un euro con veinticinco.

Como digo, el 8 de marzo es una jornada clave de seguimiento obligado, pero curiosamente es el día en el que menos cuesta corear consignas feministas dando palmas. Una jornada de puertas abiertas en toda regla, y bienvenida sea. Y empecé este artículo con un recuerdo para la Corona. Es una pena que no acudiera a la jornada de puertas abiertas, al menos el día del año en que se puede hacer con menos compromiso columpiándose en esa espuma de tópicos de los días institucionales. Podía haber aprovechado alguna oferta. Hubiera tenido dos valores, uno para compensar deudas y otro para aquilatar el valor simbólico de la Corona. Hablo de compensar deudas, porque la Casa Real ya nos debe unas cuantas, y no hablo solo de Juan Carlos I. Ya que Felipe VI inició su reinado con el ultra Rouco Varela en ceremonia, ya que sus discursos hicieron coros sonrojantes con los de Rajoy, que irrumpió en el incendio catalán con un bidón de gasolina y que dejó como si tal cosa al pijo de Froilán ir de manifestación con los fachas contra Pedro Sánchez, para compensar un poco y ser por un día el Rey de todas las Españas, podía tener un gesto institucional con el Día de la Mujer y la reivindicación feminista, aunque sea sólo en referencia a los aspectos de más lesa humanidad. Sería un gesto que deslizara en alguna nota o declaración oficial la expresión «violencia de género», no pasa nada porque Abascal, Casado y Rivera tengan un berrinche pasajero. Y hubiera tenido un segundo valor. La Corona sólo puede tener un valor simbólico en una democracia. Esto quiere decir que, para empezar, no tiene que estorbar. Como mínimo, que decore sin molestar. Pero también sirve para normalizar cosas y ayudar al avance de los tiempos. Nada normaliza más la normalidad de la homosexualidad que un gesto institucional del Rey; o la normalidad de que la media población que estadísticamente vive peor que la otra media viva igual que ella. La Corona no anda sobrada de afecto. Tenemos un problema más serio con los Borbones que con la Monarquía. El día 8 de marzo podría haber pillado cualquier oferta y adornarse con cualquier topicazo igualitario al alcance de cualquiera. Hubiera servido para él y para ellas. El presunto guiño de Letizia de hacer «huelga» el día 8 es tan sutil y callado que se confunde con un parpadeo ordinario y sólo da para chascarrillos sobre lo que supone en su caso no ir a trabajar.

El día 8 volvió a ser un latido que se repetirá el próximo año y que bombea oxígeno, limpieza y obviedades. Se quedaron fuera de él y de todos sus círculos, desde el más comprometido al más banal, quienes están fuera de los tiempos y solo hacen en ellos el papel de impureza.

Postdata. ¿¡VuELve!? Como decía no sé qué chistoso sobre Fray Luis de León, haz versos si quieres, pero no (j)odas.

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