La suerte de ser mujer


Y al final todo esto se reduce a la tesis de Woody Allen en Match Point. Al absurdo y despótico azar de un cromosoma. En el reparto («¿crucifixión? A la izquierda», que dirían Monty Pithon), si te toca ser mujer te quedas fuera de todo. Fuera de, por ejemplo, los doce hijos de Jacob, todos hombres, ya es casualidad. La mujer en la Biblia es un actor de reparto, a veces nada más que objeto de atrezo. Un Yavé masculino va a establecer su reinado en los hombros de los profetas y se encarnará en un hombre. Las mujeres son madres o concubinas, también la virgen (hágase en mí según tu palabra).

 La iglesia católica, como un club inglés en la India del Raj, les cierra la puerta a cal y canto. Son las esclavas, las siervas. Si eres mujer te quedas fuera de las listas de los faraones, de los filósofos griegos, de los emperadores romanos, de los académicos de la lengua, de los presidentes del gobierno. Pero en esta larga travesía aparecen manchas verdes a veces. Hipatia, Cleopatra, Concepción Arenal, Emilia Pardo Bazán, Carmen Conde, Margarita Salas.

A los hombres a veces nos preguntan si ayudamos en casa creyendo que la respuesta buena es que sí. Pero es una pregunta con trampa. Porque ayudar significa reconocer que el trabajo doméstico corresponde a otro.

La educación es fundamental para casi todo, y en eso tienen mucho que ver también las madres. Ahora que se celebra la lucha por la igualdad habría que pensar bien quién es el contrincante. Porque el machismo, me temo, no es solo cosa de hombres.

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