Madres y padres, ultras de sus hijos


Hay padres que solo les falta ponerle un pedestal a su hijo o hija de lo que babean con ellos. Las mañanas o tardes con el calendario marcado en rojo por el partido del hijo o de la hija es algo nuevo. Vengo de una familia numerosa y mis padres apenas nos vinieron a ver a mis hermanos o a mí cómo jugábamos al fútbol un par de veces y cuando ya teníamos una edad. Jamás de críos.

Ellos trabajaban duro y el fin de semana tenían su ocio. El poco del que disponían. Claro que entonces bajábamos a jugar a la calle y no volvíamos hasta la noche. Les dábamos tiempo para que se quisieran y retozasen. Hoy no se dispone de ese tiempo o no se quiere disponer. Todo se hace para los pequeños dioses. La agenda de los padres la ordenan los niños emperadores y señores de sus progenitores. El mundo al revés.

Los padres los fines de semana somos más bien taxistas o trabajadores de Cabify a tiempo completo. De un partido a otro. De un cumple a otro. Todo muy disparatado. No sabemos decir no. Algunos padres se creen que su hijo es la reencarnación de Messi y eso hace que se sume la gasolina al fuego. Peligro.

Los gritos en el fútbol, sobre todo en el fútbol (es curioso, ¿por qué no en el baloncesto o en el tenis? o ¿por qué sucede menos veces que en el fútbol?), son habituales. Lícitos cuando se trata de animar a tu equipo. Absurdos cuando las palabras son gruesas y te ríes del rival. Pero es que padres, madres e hijos lo maman en los estadios cuando van a ver juntos al equipo de su ciudad. Todavía es normal que el estadio sea el lugar donde uno se desahoga gritando sin parar, con tu hijo sentado al lado para que aprenda bien el calibre de los insultos. De la misma manera que aún se permite fumar en los estadios con niños pequeños cerca. Algunas leyes no han llegado a según qué lugares. El árbitro es el jefe del trabajo al que no le puedes decir ni pío durante la semana. El jugador del otro equipo es el tipo del coche rojo que se te cruzó en una glorieta. Demasiada violencia en el ambiente. Y todo se va complicando entre la adoración del niño, el grito o insulto como algo normal en una grada y los partidos de los pequeños. Y de la complicación al enredo. Pero solo llega a las manos cuando además de todo esto, que ya tiene tela, el padre o la madre son ultras, como los ultras a los que estamos tan acostumbrados. Y entonces son capaces de pasar de un desprecio que sobraba a un cabezazo en la cara o un puñetazo a un médico que corría para auxiliar a un colegiado. No sé si tiene que ver con que tenemos menos hijos, pero estoy seguro que tiene relación directa con que tenemos menos educación. Claro que escribir estas líneas en frío no es lo mismo que vivirlo todo en caliente. Ya saben el mantra de Belén Esteban, hay quien se lo cree tanto como que su hijo es el nuevo Messi: «Yo por mi hija mato».

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