Hace quince años


Redacción

Hace quince años me levanté al escuchar el teléfono. Era un amigo. Me pidió que pusiera la televisión. Ese mismo día yo tendría que haber cogido un tren, también desde Alcalá de Henares, pero en la dirección opuesta, a Guadalajara, para pintarle el piso a otro amigo. Después de eso no pudimos llamar a nadie. Nadie sabía nada de muchas de las personas que habían ido a trabajar a Madrid, y lo que llegaba por televisión o por la radio era estremecedor.

Por la tarde, algunos nos reunimos en casa. Nos hablábamos unos a otros desordenadamente en cuanto abría la puerta y dejaba pasar a alguien. Algunos no pudieron contactar con algún familiar en todo el día. Supuse que necesitábamos tenernos cerca unos a otros. Que tal vez el hablarnos, mirarnos, o simplemente compartir una cafetera, podía aliviar el hueco cada vez más grande que albergábamos en el estómago. En la televisión, un chico aturdido se sentaba en el suelo agarrando con fuerza un abrigo de plumas y lloraba sin expresión en el rostro, sin entender qué estaba pasando, golpeado con total seguridad por imágenes de dolor y muerte que ya nunca podrá olvidar. La muerte había partido de la vieja Alcalá, aquella Alcalá de Henares de la que salí hace años, y por primera vez en mucho tiempo sentí que algo me uniría a ella para siempre, que el dolor de Alcalá será siempre el mío, y supe que puedo irme de ella, pero ella nunca se irá de mí, de nosotros.

Al día siguiente cogí el Cercanías a Guadalajara. Entré en la estación y compré un billete. Había poca gente y todos llevábamos la cabeza gacha, el rostro compungido o las dos cosas. Subí al primer tren que llegó y tomé asiento. Éramos unas cinco o seis personas en el vagón. Todas tenían, como imagino que tenía yo, la mirada perdida. Había un silencio absolutamente espantoso. Sentí toda aquella tensión abrumadora y que era imposible deshacerse de las imágenes del día anterior. Hice todo el trayecto con un nudo en la garganta y la ira ardiendo en la cabeza. Ese silencio tenso no se rompió ni por un solo segundo. Ese silencio fue el abrazo que nos dimos, el abrazo que dimos a quienes ya nunca subirían al Cercanías, a sus seres queridos, era la parte de nosotros que ya nunca iba a volver, el trozo de Madrid y de Alcalá de Henares que se perdió para siempre y nos rompió por dentro.

Durante semanas, raro fue el día en el que no llegaba la noticia de que alguien había perdido a un amigo, a su mujer, a su compañero de trabajo. De los heridos, por dentro y por fuera. Y estaban las imágenes de los hierros de los vagones como espadas rasgando vidas, el odio hecho metal, la implacable religión expandiéndose en una espiral de destrucción y muerte.

Todavía hoy surgen historias de aquel día entre mis amigos. Es inevitable, es la forma en la que se llena el vacío que aquello nos dejó. Ya no vivo en Alcalá, pero mi familia sigue allí. El miembro más pequeño de ella tiene poco más de dos años. Celebramos el cumpleaños de mi padre en un restaurante en el centro no hace mucho, y el niño me llevó hasta un grafiti en una pared de la Calle Mayor para mostrarme al Cardenal Cisneros, y luego corrió a enseñarme los muñecos de Don Quijote y Sancho Panza de los escaparates. Él no vivió aquel día, no contempló el horror ni sintió que le habían arrancado algo de las entrañas, y corretea por el casco histórico con la pasión de quien descubre el mundo. Le conocen en casi todos los comercios del centro porque entra y sale de muchos de ellos cuando le llevan a dar un paseo por allí. Alcalá de Henares es su vida como lo fue para mí a su edad. Tiene Alcalá, como Madrid, una herida abierta que recorre todo el Corredor del Henares hasta la estación de Atocha. Pero la Alcalá rota y vacía del día después de los atentados no se dejó matar, ni hay un dios capaz de acabar con ella, porque la fuerza de la ciudad estará siempre ahí: fue aquella reunión en mi casa mientras nos parecía que Madrid se caía a pedazos, fueron esas miradas que no decían nada y lo decían todo, fueron los ojos húmedos de una amiga al contarme que otra amiga no pudo contactar con su padre en Madrid en todo el día, fue aquel viaje en un vagón con un silencio fúnebre y aquella unión de corazones rotos, es un niño de dos años sentado en el banco de las estatuas de Don Quijote y Sancho frente a la casa de Miguel de Cervantes quince años después. Sigue Alcalá desde que era Complutum, y nadie jamás ha podido cambiar eso en dos milenios.

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