¿Y ahora dónde meto al niño?


Como todos los años por estas fechas muchos padres comienzan el periplo de buscar colegio para su pequeño y aunque el plazo aún no está abierto, -está al caer-, es ahora cuando aparecen las primeras dudas en los papis. No me extraña que alguno se desvele ante colosal dilema, sin duda es una decisión determinante para el futuro del niño, pero a la vez, ¡qué pocos fundamentos tenemos los padres a la hora de escoger colegio!

Por muy cabal, sensata y cuerda que sea nuestra decisión, existen tantos factores que entran en juego, que acertar más parece relacionarse con el azar que con el buen juicio. Por ello no espero dar una receta magistral para escoger colegio, no la hay, pero sí podemos desgranar algunas opciones. La búsqueda del mejor centro puede basarse en varios criterios, pero quizás uno de los más contundentes sea la de apelar a nuestra propia experiencia «irás al colegio donde yo fui». Débil argumento, los colegios no son el edificio, ni la marca, ni las instalaciones deportivas, lo son en mayor medida los maestros y estos cambian, luego parafraseando a Heráclito, «no pretenda bañarse dos veces en el mismo río». Otro argumento se basa en los resultados, al fin y al cabo, el ranking escolar es un dato objetivo, pero ¿dónde están esos datos?, ¿propone la Consejería de Educación una calificación a los centros?, no busque, no existe, lo más parecido a un ranking es el publicado por algunos periódicos, instituciones o visionarios educativos, por cierto, todos ellos de cuestionable credibilidad. Seguramente la cercanía de nuestro domicilio al centro sea una ventaja para las familias, pero... ¿Garantiza este hecho la calidad? Lo único que nos asegura la proximidad, es que el niño estará en el entorno socioeconómico de nuestra zona -para bien o para mal- y este hecho más que fomentar la equidad lo que hace es zonificar o crear guetos en función del estamento social del barrio (entiéndase nivel socioeconómico y cultural). Estos datos estudiados por el prestigioso profesor Stephen Gorard, revelan que: para lograr un reparto equitativo o una homogeneización escolar en nuestra región, -llámelo como quiera-, habría que distribuir a varios miles de alumnos asturianos por aquí y por allá -Vamos, mezclarlos bien-. Visto lo injusto del criterio «zona» pasemos a otra valoración. El bilingüismo, que los niños dominen la lengua franca a través de la asignatura de turno, resulta en principio una ventaja evidente, pero siempre que la materia no se vea perjudicada, y es que numerosos expertos alertan sobre el efecto negativo de dar clase en otros idiomas tanto para las competencias como para los conocimientos de los alumnos, -no confundamos, por tanto, el contenido con el envase- Si nos ceñimos  al tema religioso, no hay más que discutir, -cada uno es libre- aunque créame si le digo que la religiosidad vivida en la mayoría de los colegios concertados, dista mucho de ser lo «obstinadamente adoctrinadora» que era en tiempos pasados. La ratio es otro referente usado para valorar a los colegios. Que los alumnos sean pocos asegura que el tiempo de dedicación docente es mayor para cada alumno, y esto en principio es bueno… -Aunque a lo mejor no tiene nada que ver; Japón y Corea tienen ratios mucho mayores que los nuestros y son los números uno-. La conciliación de horarios es otro argumento de peso. Subordinar la duración del transporte escolar, los tiempos de descanso, la asistencia al comedor, las actividades extracurriculares... Con la frenética vida laboral, es un imperativo al que no pueden renunciar los padres. Lamentablemente las exigencias laborales condicionan la escolarización de los hijos y aunque nos gustaría que la prioridad fuera la educación del niño, todos sabemos que el sustento, aunque no es el fin último de la humanidad, sí representa la base de la pirámide de nuestros intereses.

Otra consideración -quizás la más importante-, es buscar el centro que mejor se adapte a las particularidades del niño. Aquí entrarían en juego tanto las metodologías aplicadas, como la decoración, la cercanía de los profesores, etc., etc. Factores que podríamos identificar con esa palabra metafísica tan difícil de precisar llamada «clima». -Estoy seguro de que si preguntáramos a los docentes de un mismo colegio por el clima de su centro no se pondrían de acuerdo-. Este supuesto clima puede encajar mejor o peor según las características del niño. Con los peques tranquilos funcionan bien las metodologías tradicionales, en cambió con los más inquietos hay que ser imaginativos y ofrecer atención individualizada, el aprendizaje por proyectos se corresponde mejor con los alumnos creativos y los que tienen dificultades de aprendizaje necesitan intervenciones específicas. Aunque los padres son los que mejor conocen a sus hijos, la verdadera dificultad consiste en valorar qué tipo de clima escolar tienen los centros. Los desorientados padres llegan el día de puertas abiertas y ven todos esos supertrabajos colgados en las paredes, unos profesores entregados y una institución seductora, es como querer escoger una película por el cartel, la sala y la moqueta… ¿Y la película?, pues de la película apenas tengo información, y como saben muchas veces salimos decepcionados del cine.

Ya dije al principio que no es fácil escoger centro y que me siento incapaz de mostrar una fórmula ideal -si la supiera sería el Dam Brown de la educación- .Lo único de lo que estoy seguro, es que el sistema ayuda poco, nos ciñen a una organización arbitraria con la falsa creencia de que el criterio de los padres se impone, cuando en realidad no disponemos de suficientes datos y además nos condicionan nuestras circunstancias laborales, sociales y económicas. ¿Arreglaría todo el Cheque Escolar? Igual en otra ocasión me animo a reflexionar sobre el tema.

No se frustre, seguro que su decisión es la menos mala y recuerde que los niños son más fuertes de lo que los padres creemos.

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