Franco y los cadáveres exquisitos


En junio de 2018 Pedro Sánchez, flamante presidente, anunció que habría una «exhumación rápida de Franco» del Valle de los Caídos. En julio proclamó que era «cuestión de semanas». En octubre habló «de finales de año» y, ya en diciembre, el compromiso se esfumó: «Si hemos esperado 40 años, unos meses más no es un problema». Este viernes volvió a la carga el presidente: el 10 de junio, fecha que, según Carmen Calvo -calificada aquí sabiamente por Fernando Ónega como ministra para Asuntos del Dictador-, pretendería no interferir en las generales, motivo por el cual el anuncio se hace ¡en plena precampaña!

En realidad, tal culebrón se parece cada vez más a aquella fórmula creativa inventada por los surrealistas, con Breton y Tzara a la cabeza: la de los cadáveres exquisitos. Cada uno de los participantes en el juego escribía o dibujaba algo por su cuenta y luego todo se fundía en una obra final que resultaría la expresión del inconsciente.

La exhumación de los restos de Franco se puede juzgar desde dos prismas: uno en contra (para qué remover lo ocurrido hace más de cuatro décadas) y otro a favor (Franco no debe reposar junto a sus víctimas). Pero, adoptada esta segunda posición, lo que no puede hacer un gobierno serio y responsable es jugar con los restos del dictador (¡y nunca mejor dicho!) a los cadáveres exquisitos: vayamos improvisando sobre la marcha a ver que sale. Nadie lo expresó mejor que Alfonso Guerra hace ahora un mes: nunca debería haberse acometido la exhumación sin una previa negociación sobre el nuevo lugar donde los restos del dictador van a ubicarse por la simple y sencillísima razón de que «los huesos pertenecen a las familias». Y como pertenecen a las familias, si la exhumación se decide a cara de perro, aquellas acuden a los jueces en los Estados de derecho. En eso, justamente, estamos hoy.

De lo que no cabe deducir, en todo caso, que Sánchez esté contrariado con los dividendos políticos que le ha reportado su juego del gato y el ratón. Aunque lleva mareando a millones de españoles desde hace meses, creando expectativas entre una parte de la población que se frustran una y otra vez, esa era, más que probablemente, la estrategia presidencial: ordeñar la cuestión de la exhumación todo lo posible, agitando ese espantajo cada vez que fuera necesario para apartar del debate político temas para los socialistas más molestos.

De hecho, si los restos de Franco estuvieran desde el verano pasado ya enterrados fuera del Valle de los Caídos, a nadie le importaría hoy el asunto. Pero con el muerto políticamente vivito y coleando su utilidad es indudable. Resulta tan evidente que lo reconoce incluso Podemos, cuyos dirigentes ven ya con claridad el pésimo negocio que han hecho siendo los gregarios del PSOE: «Se trata de un manoseo de la memoria histórica por motivos electorales». Lo ha dicho Pablo Echenique y así es: ni más ni menos.

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