Las listas de candidatos


A estas alturas de la película, salvo un abrupto cambio de guion en las escenas finales, solo se ven dos candidatos con serias posibilidades de conquistar la Moncloa después del 28-A: Pedro Sánchez y Pablo Casado. Aunque tampoco podemos descartar, porque la experiencia ya la hemos vivido, que su victoria se quede corta, los actores secundarios les den plantón y haya que repetir las elecciones.

Desde luego, a juzgar por la composición de las candidaturas del PSOE y del PP, da la impresión de que ni Sánchez ni Casado las tienen todas consigo. Nadan y guardan la ropa. Han laminado cualquier atisbo de disidencia interna y han levantado sendos ejércitos de afines insobornables que, si no consiguen tomar la Bastilla, protegerán con sus escaños las cabezas de sus líderes. Si estos fracasan en el empeño mayor, siempre les quedará su guardia pretoriana de fieles diputados, senadores y eurodiputados para guardarles la espalda y garantizar su continuidad al frente de sus naves.

Creo que esa es la clave que, en ambos casos, inspiró la confección de las candidaturas: fortalecer el liderazgo en sus respectivos partidos en vez de apuntalar sus endebles liderazgos sociales. De no ser así, no se entiende que Pablo Casado jubile de una tacada a todos los marianistas, incluyendo a dirigentes de indudable proyección social. Tampoco que Pedro Sánchez liquide a los susanistas o releve a José Blanco, probablemente el eurodiputado gallego que más batalló en Estrasburgo.

Todo líder tiene el deber de colocar en sus listas a los mejores candidatos: los más competentes, los de mayor tirón social, los más representativos. Y tiene también el legítimo derecho a conformar equipos o grupos parlamentarios cohesionados, sin fisuras y de confianza. Si realmente aspiras a gobernar, le concederás prioridad a lo primero, porque lo segundo te será dado por añadidura: nada une tanto como el disfrute del poder. Pero si temes el fracaso, optas por colocar a tus peones y blindarte en el partido. Por eso sospecho que ni Casado ni Sánchez quieren jugarse su futuro al todo o nada en la ruleta electoral.

Hecha la crítica, debo reconocer que Sánchez y Casado son unos virtuosos de la alta costura en comparación con sus competidores. Lo del desnortado Albert Rivera y su política de fichajes clama al cielo. Confecciona sus trajes con retales desechados por el PP y el PSOE, los tiñe con unas gotas de Ibex y Coca Cola, e intenta coserlos con hilo fraudulento. ¿Resultado? Un extravagante ropaje y un sastre desorientado que dilapida su antiguo prestigio, cada vez más discutido por los suyos y más aborrecido por los otros.

De Unidos Podemos, a la espera de la reincorporación del líder, poco sabemos, salvo que su drama comenzó antes de la confección de las listas: con la espantada de Errejón y la paulatina desintegración de las confluencias. Aquí, en términos de coherencia, solo se salva Vox. De momento ya ha fichado a un general, un apologista de Franco «sin complejos»: por si alguien osaba dudar de sus credenciales y de su apego a la Constitución.

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