Primarias y primarios


Todo iba a ser tan bonito... Entre la nueva política y la vieja política renacida y tuneada nos prometían un cuadro precioso. Que se exprese el pueblo. Que decidan las bases. Que no decidan por ti. Que fale a xente do común. La fiesta de la democracia salía por fin del frasco cerrado de la jornada electoral para alegrar el resto del calendario. Se suponía que de todos estos procesos y transparencias varias nacerían líderes ejemplares, emergerían representantes de algo más que de sí mismos, gentes sin propensión al ramalazo mesiánico o a la puñalada, paladines del bien común. Colores más allá del blanco, el negro y el gris. Gracias a estos mecanismos, hasta podría ser que alguna mujer fuera la número uno en alguna de las principales formaciones. Pero no. Estos señores mandan con gusto en sus cortijos políticos, ajustan cuentas y fumigan las listas con una efectividad que ya quisieran los apicultores con la velutina. Fingían ser exquisitos jardineros que ven crecer la hierba y en realidad son unos yonquis de la desbrozadora. Y no ocurre solo en el tablero político estatal, en el de la carrera de las elecciones generales. Cataluña camina, triunfante, de dedazo en dedazo. Artur Mas eligió a Puigdemont y Puigdemont confía en Torra como su enviado especial en la Generalitat. Y el sol poble se resquebraja para repartir puestos en la papeleta. Ahí no es que exista mucho hecho diferencial, habrá que buscarlo en otras cuestiones. Todos, los unos y los otros, se pavonean, se venden como la renovación, lo que viene. Pero el paso del tiempo va dibujando sus pequeños retratos de Dorian Gray, esos que no disimulan arrugas ni costuras. Tanta primaria. Tanto primario.

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