La banda de los cuatro


Tienen en común, entre otras cosas, que rondan los cuarenta años de edad. Pablo Casado tiene 38, 39 Albert Rivera, 40 Pablo Iglesias y el recientemente acoplado a la lista, Santiago Abascal, 42. El hermano mayor, que ya es un viejo zorro, es Pedro Sánchez, que ha cumplido los 47. Se han mirado en el espejo generacional del presidente francés Macron y han iniciado una desenfrenada carrera que tiene la meta en la Moncloa.

Desterraron a la guardia viejuna del Parlamento y de los cuadros de los partidos respectivos, trocearon la tarta de la derecha en tres porciones, confundiendo al electorado y poniendo en peligro mayorías alternativas, decretaron que la gerontocracia comienza, aquí y ahora, a los cincuenta años. La experiencia es un error y la osadía un valor en alza.

Mantienen tesis irreflexivas y les cuesta mantener el viejo principio de Lampedusa que sostiene que es menester que algo cambie para que todo permanezca igual. Casado sostiene una logorrea compulsiva, hablador impenitente, poseedor de una sospechosa sonrisa permanente, lidera un viejo partido que cree renovar cambiando a un 80 % de los cuadros dirigentes y a los candidatos al Congreso. Sus fichajes estrella son una aristócrata aznarista con acento franco argentino, que mantiene un distante descaro dialéctico en la precampaña, y un pastor de una iglesia minoritaria perteneciente a la colectividad gitana, y con un singular afán de protagonismo está inaugurando su particular new deal. Acerca de Rivera, el partido que no termina de saber dónde esta la rosa de los vientos y si su brújula política tiene norte, hay que subrayar su inexperiencia y la falta de cuadros políticos en sus filas. Algo que no se improvisa ni se nutre con fichajes de un cierto cuestionable márketing. Dicen que lo mejor de Rivera es la señora Arrimadas. Capaz de equilibrar ideológicamente a Ciudadanos y su capacidad manifiesta para la improvisación.

Iglesias, que había sido a la vuelta de la esquina la gran esperanza de la llamada nueva política, con una dialéctica entre la demagogia y el populismo, rompió la vajilla del partido de «la gente». Podemos se debate entre el chascarrillo y un posibilismo arcaico, mientras su granero electoral le da la espalda. Este partido ha sido y es una ocasión perdida que nos ha hecho sentir defraudados cuando olvidó su idearium.

De Abascal me pide el cuerpo escribir no un largo párrafo, sino un bosque de columnas. No es el momento, como tampoco lo es el de Vox, un partido viril, un partido macho y descamisado a caballo entre la nostalgia de un fascismo añorado y un peronismo radical poblado de consignas irreales. Plantea los más peligrosos tópicos de un programa electoral apenas esbozado en los tiempos de un negacionismo reivindicado por esta formación fantasmagórica.

Son la banda de los cuatro, la quinta del biberón, la sombra alargada de un planteamiento inédito desde la juvenalia política. No voy a escribir sobre el señor Sánchez, capítulo aparte que hoy no cabe en estas líneas y que continúa agazapado tras el Boletín Oficial del Estado, paseando su mesianismo a bordo de un avión Falcon. Seguiremos.

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