La última oportunidad de los viejos campeones de encuestas


Las encuestas hablan claro. Ahora mismo en el panorama político solo cotizan al alza dos colores, el rojo del PSOE y el verde de Vox. Y hay pronósticos, como el de Sondaxe, que van más allá. El sondeo confirma la maniobra de resurrección de Pedro Sánchez (ganador indiscutible en las urnas) y otorga al disruptivo partido ultra de Abascal 50 diputados y la condición de tercera fuerza política en un futuro Congreso cojo, posiblemente incapaz de generar un Gobierno estable y maldito desde su nacimiento por una monumental ironía del destino: un fugado, Carles Puigdemont, sería el árbitro que podría inclinar la balanza de las mayorías gracias a los seis diputados de la decadente Junts pel Cat, triturada electoralmente por ERC.

Sería una sorpresa morrocotuda que el líder independentista pudiera apoyar un hipotético pacto de derechas (la derecha trifálica de la ministra Delgado) liderado por Casado o -si el desesperado PP imita la implosión de la UCD en 1982- Abascal. No lo sería tanto que ayudara a reeditar la coalición multicolor (la llamada fórmula Frankenstein) que llevó a Sánchez a la presidencia. Si París bien valió una misa para el rey Enrique IV de Francia, ¿cuánto cuesta la Moncloa para el líder socialista? ¿Y para las antiguas estrellas emergentes de la política española, hoy en declive?

Albert Rivera no tiene muchos motivos para alegrarse esta precampaña. Ciudadanos nunca supo llegar en forma a las fases finales de las ligas electorales, pero esta vez ni siquiera rinde en la pretemporada de las encuestas, allí donde solía triunfar. Pablo Iglesias intenta repetir la jugada que le salió bien en el pasado: desaparecer del foco de la opinión pública para protagonizar una remontada. Pero las circunstancias han cambiado. Podemos se desangra por mil heridas. La mayoría las ha causado él mismo con su marchito hiperliderazgo.

En la trayectoria de Iglesias y Rivera hay episodios análogos. En su momento ambos pudieron haber propiciado gobiernos de Sánchez. Dijeron que no. Y acabaron perdiendo poder e influencia. ¿Se arrepienten? Si fuera así, tendrían una oportunidad de rectificar tras el 28 A. Tal vez sea la última. Entonces veremos si los campeones de encuestas responden en las urnas. Y sabremos si la viralidad furiosa da millones de votos en España. A Vox. 

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