Una república para hacer lo que le pete

Francisco Espiñeira Fandiño
Francisco Espiñeira SIN COBERTURA

OPINIÓN

Marta Pérez

23 mar 2019 . Actualizado a las 09:22 h.

Oriol Pujol (Barcelona, 1966) lo tenía todo para ser un triunfador. El benjamín de Jordi era el niño de los ojos de su madre, Marta, el mejor aval para hacerse con las riendas de Convergencia y convertirse en el pastor encargado de conducir a los catalanes hacia un futuro próspero y, quizá, independiente. Pero al joven Oriol no le bastaba con ser el hijo del patriarca. Quería ser rico, como la mayoría de sus amigos burgueses, y disfrutar de los coches de lujo, las fiestas y otros privilegios propios de la élite catalana con la que se codeaba.

Lástima que la vieja Marta viera en él al heredero de su marido para encarnar la esencia del catalanismo. Mientras su hermano Jordi se pegaba la vida padre carretando dinero a Andorra -en un caso aún por dirimir judicialmente- bajo el régimen del 3 %, a Oriol le tocaban los mítines y el aburrido asiento de segunda fila en el Parlament.

Ese plácido destino, remunerado con más de cien mil honrados euros anuales, no era suficiente para el ambicioso Oriol. Él quería más y, como si fuese víctima de una abducción, fue engullido por su pandilla de amigos independentistas para inocularle el virus secesionista y propiciar el viraje de la primera familia de Cataluña hacia el separatismo y la traición a España.