Por más vueltas que le doy no encuentro respuesta tranquilizadora a la presencia destacada, en primera fila, de la actual alcaldesa de Gijón en la famosa fotografía de la manifa de Colón. Ese ostensible, casi marcial, paso el frente produce espanto. Máxime cuando confesó con posterioridad, por toda explicación de su conducta, haberse sentido a gusto en aquel machito.

Y si sorprende ese gesto selectivo, de prepotencia (al modo viril), ese ademán hierático, impropio en la figura de una alcaldesa cuya inexistente gestión de ocho años se resume, según ella misma propala, en la práctica del diálogo permanente (bien que improductivo, tal que de sordos si a los resultados nos remitimos), más asombra la ausencia de comentarios en la villa respecto a la foto de marras. Si la sorpresa escenográfica amedrenta, la imperceptible reacción crítica de una villa con fama de contestataria invita a temer que sesteamos.

¿Que qué pinta la alcaldesa de Gijón en esa foto? Muy sencillo: la colocaron en su sitio naturalmente. Por fin conocemos la ubicación política de la alcaldesa que no había votado nunca (y no por razones de edad). Ella misma aireó, ufana, su pureza, su carencia de mácula política cuando tomó posesión por vez primera de su cargo. Ahora, gracias a esa foto, sabemos que está alineada con quienes no condenan explícitamente la dictadura, con quienes velan por el cadáver del dictador y añoran volverlo a pasear por las calles bajo palio, con quienes pretenden limitar las libertades con más mordazas, más concertinas… Ahora sabemos que está plásticamente vinculada al franquismo redivivo. Ese es el crudo significado de la foto de Colón. Y allí se sintió bien a gusto, según su propio decir, la alcaldesa de la villa de Jovellanos.

Quien prefiera ignorar esa imagen, taparse los ojos, mirar para otro lado o repantingarse en el sofá de su casa el día de la emisión del voto, como diciendo aquí me las den todas o todos son iguales, que lo haga. Ningún reproche a la voluntaria decisión de cada cual, faltaría más. Luego, cuando los trabajadores se sientan abandonados a su suerte, los derechos conquistados abolidos, las mujeres demonizadas, subyugadas, los inmigrantes apabullados, los jóvenes adoctrinados en el gregarismo, los humildes dejados de la mano de Dios…, será el llanto y el crujir de dientes.

Entonces resonará nuevamente en algunos púlpitos de la progresía aquel poema falsamente atribuido a Bertolt Brecht, ese que suele titularse Ahora vienen por mí, pero es demasiado tarde. Entonces correrán de boca en boca, por lo bajinis, clandestinamente, de chigre en chigre historias parecidas a las que se narran en El cuento de la criada escrito por Margaret Atwood.

Vale, táchese la advertencia de exagerada, de alarmista, júzguese al autor de ave de mal agüero si se quiere; pero esa foto que mete miedo alberga una distopía, es decir, contiene los gérmenes de un propósito indeseable: la planificación de otro orden social más radicalmente injusto, abierta, obscenamente autoritario. Y allí la tenemos encaramada a ella, tan pichi. Esa fotografía enmarca, encuadra a las claras las ideas, las convicciones ?hasta el momento, quizás, un poco difusas, un mucho camufladas- de la alcaldesa de nuestro concejo.

En Gijón, a 21 de marzo de 2019

José Manuel Sariego

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¿Y qué pinta la alcaldesa de Gijón en esa foto?