Buscadores de huesos


Redacción

Lo bueno de la entrada de Vox en el Parlamento de Andalucía (por sacar algo en limpio de la experiencia) es que el resto de los españoles podemos contemplar el banco de pruebas de la presencia de la extrema derecha en el debate institucional. Las obsesiones recurrentes de esta fuerza copan sus actuaciones e intervenciones públicas, desde el combate sin cuartel a toda política igualitaria (incluyendo la petición de datos y puesta bajo sospecha de quienes trabajan en la Junta de Andalucía en la lucha contra la violencia de género) hasta la demanda desaforada de recentralización y vaciamiento del Estado de las Autonomías (sin el que este país no se reconocería), pasando por instar la utilización indiscriminada de los datos de extranjeros, de los que se disponga en los servicios públicos, para promover masivamente su expulsión del territorio si no tienen residencia legal (cuando dicha expulsión no es, irremediablemente, la consecuencia de la estancia irregular y cuando, sobre todo, deben tratarse en planos diferentes las medidas sancionadoras ante la situación administrativa y el acceso a derechos tan básicos como la salud o la educación). A una minoría exaltada de personas, asentadas en el encabronamiento permanente y con un escaso apego a la cohesión social y a la diversidad, esta clase de planteamientos y otros del estilo, que sostiene este partido, les resultarán propuestas «auténticas» y «valientes». Espero que a una mayoría amplísima de personas, que aprecian la paz y la convivencia, les muevan a ponerse en pie-como ciudadanos y como electores- ante el nacional-populismo, exigiendo al resto de fuerzas que rechacen de plano y marquen distancias claras (en discurso y en confluencias postelectorales) con aquellos cuya praxis política muestra, desde el minuto cero, su efecto corrosivo sobre la juntura social y democrática del Estado.

La última de Vox, en boca de su Diputado Benito Morillo, es pretender desacreditar a las asociaciones memorialistas y a sus activistas, llamándoles «estrategas del revanchismo»y «buscadores de huesos». Ya sabemos que el mensaje de fondo que late entre quienes reaccionan negativamente ante la recuperación de la memoria democrática (recuperación para comprender la lucha prolongada por la restauración de la democracia, destacando la necesidad de protegerla día a día y evitando su artera consideración de «concesión graciosa»), es el de la equidistancia entre bandos enfrentados, como si las instituciones democráticas republicanas tuviesen, en aquel contexto, la misma legitimidad que los militares golpistas (diferencia importante, aunque, obviamente, no justifica ningún crimen en la retaguardia republicana). Y, de paso, insistir en la victoria de unos frente a los otros, confundiendo tramposamente la deseable concordia (que nombran en vano) con condescendencia; de ahí la crítica de «revanchismo», como si quisieran recordar, de paso, y para aviso a navegantes, el resultado militar. Ahora también, subiendo su apuesta, es tendencia en esta derecha asilvestrada, y las palabras del Diputado de Vox lo dejan bien claro (dijo en el mismo discurso, refiriéndose a la izquierda, que «su germen fecundó en la sociedad de los años 30, pariendo aquella monstruosa guerra») la culpabilización velada a las propias víctimas, en puro destilado franquista, cuyos tribunales, recordémoslo, aplicaron masivamente las condenas por «auxilio a la rebelión» (un sangriento sarcasmo) a miles de defensores del orden constitucional republicano.

En lo que se refiere a la búsqueda de huesos, con razón se ha dicho, desde el lado de las asociaciones cívicas, que no hay desdoro sino honor en buscar los huesos de quien yace en una fosa olvidada o una cuneta (o en Cuelgamuros, contra la voluntad de sus deudos), para identificarlos y entregarlos a los familiares que los busquen, otorgando, de este modo, la reparación moral y el desagravio personal a quienes, durante décadas, tuvieron que convivir con el miedo, el desamparo y el recuerdo clandestino a los suyos en un recodo o un barranco. Buscadoras de huesos siguen siendo, a la postre, miles de familias, en un país que pretende seguir viviendo de espaldas a la amarga realidad de ser el segundo del mundo (después de Camboya) con mayor número de víctimas desaparecidas (superior a las 110.000 personas), con una parte importante de sus representantes públicos silbando tangos cada vez que los mecanismos del sistema de protección de Derechos Humanos, desapariciones forzadas o justicia transicional de Naciones Unidas, llaman la atención sobre la inacción de las autoridades españoles. Buscador de huesos es el antropólogo forense Francisco Etxebarría, ejemplo de compromiso, rigor y de solidaridad con las víctimas, de este y otros crímenes contra la humanidad que jalonan la historia reciente. Buscadora de huesos es Asunción Mendieta, cuya historia conmovió a tantos, hasta que, tras una lucha incansable y mostrando, en su aparente fragilidad, una fortaleza a prueba de cualquier obstáculo, pudo enterrar con decoro a su padre, Timoteo (sindicalista de la UGT de Sacedón, Guadalajara, fusilado en noviembre de 1939), restituyendo así la memoria de su familia. Buscadora de los huesos de su madre, Balbina, y de su padre, Ceferino (maestros de la República, fusilados en 1936), es Hilda Farfante, cuyo grito a pie de fosa conmina a no abandonar la lucha para restituir el nombre de las víctimas de la represión franquista. Y, así, tantos y tantos. Personas con una dignidad y entereza, y, en suma, belleza (que diría Aute), que el Diputado de Vox no rozará ni un instante.

Parece mentira, en efecto, que algunas personas carezcan de la mínima empatía y sensibilidad para entender que, desde el mito de Antígona para acá, enterrar dignamente a los muertos es parte esencial de nuestra forma de reconocernos como seres humanos. ¿Tanto cuesta entenderlo?.

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