Me pide me perdona


Hace unos años entrevisté al escritor mexicano Julián Herbert. Su primera novela, Un mundo infiel no se había editado en España hasta entonces, y mi entrevista giró en torno a ella. Pero como sabía que también era inminente el lanzamiento de su nuevo libro, La casa del dolor ajeno, le pregunté por él y por el terrorífico suceso histórico que relata. En sus palabras: «La masacre de los 303 chinos de Torreón en 1911 es una historia de violencia extrema dictada por el prejuicio, la avaricia, la debilidad de las instituciones y la impunidad de los poderes fácticos».

Cuando me enviaron el libro lo devoré. En 1911, durante la revolución mexicana, los revolucionarios llegaron a Torreón, al noreste de México. Las tropas del dictador Porfirio Díaz huyeron y los maderistas tomaron la ciudad, en la que vivían unos seiscientos ciudadanos chinos. Llegaron el siglo anterior huyendo de la hambruna en su país, y se convirtieron en una próspera comunidad hasta entonces. Los maderistas no llevaron a Torreón sentimientos racistas nuevos hacia los chinos, ese sentimiento ya existía allí. Grupos anarquistas acusaban a los chinos de robar el trabajo a los mexicanos. Sea como fuere, los maderistas acusaron a los ciudadanos chinos de haber recibido a los revolucionarios con disparos, aunque parece ser que ninguno de ellos iba armado. Las calles se tiñeron de sangre de hombres, mujeres y niños chinos, sus comercios fueron saqueados y arrasados por completo. En algunas fotografías de la época podemos ver aterradoras carretas llenas de cadáveres. 303 personas fueron salvajemente asesinadas, torturadas y robadas. En 2005 se inauguró una estatua en Torreón que representa a un hombre chino, un monumento al desagravio que fue una especie de disculpa con la boca pequeña a cuya inauguración acudió el embajador chino en México.

Aquel incidente estuvo muy cerca de provocar una conflicto armado internacional. De hecho, un buque de guerra chino arribó a las costas mexicanas en busca de alguna explicación de lo ocurrido. El que China tuviera en esos momentos problemas internos graves probablemente influyó para evitar el conflicto armado.

Pero la masacre de Torreón no fue exactamente un hecho aislado. Investigando un poco descubrí que la campaña contra la población china en México duró hasta 1934. Hubo más asesinatos en el norte del país. La población oriental fue obligada a vivir en ghettos. En 1923 se prohibió el matrimonio mixto entre mexicanos y chinos. Se les impuso toque de queda, se les prohibió la entrada a restaurantes y museos. Las mujeres mexicanas que habían contraído matrimonio con anterioridad a la prohibición con ciudadanos chinos eran denominadas despectivamente chineras, y tenían prohibido andar por la acera. Algunas familias mixtas eran asaltadas, robadas y agredidas con total impunidad. Se les quitaron propiedades y tierras. Los políticos como Plutarco Elías Calles, cuando era todavía futuro presidente, daban discursos asegurando que pondrían fin al «problema chino». Aunque oficialmente la Campaña Antichina terminó en 1934, en algunos estados del norte del país grupos nacionalistas (siempre son ellos) siguieron persiguiendo, torturando y expulsando a ciudadanos chinos. En la práctica, todo esto no terminó hasta bien entrados los años 40.

En su libro sobre la matanza de Torreón, Julián Herbert no duda en señalar a las autoridades, medios y sociedad como culpables en mayor o menor medida de las atrocidades de 1911 y su posterior caída en el olvido. No era algo que ocurriera a un nivel subterráneo o marginal. Los chinos eran acusados oficialmente de llevar la sífilis y otras enfermedades a México y de envenenar la comida. Existen carteles contra los chinos que dibujan grotescas caricaturas que nada tienen que envidiar a las caricaturas nazis de judíos. Se advertía de las consecuencias del mestizaje y los hijos inferiores que podían darse en parejas mixtas.

Desde principios de siglo, con algunos descendientes y víctimas de aquello todavía vivas, se han dado algunos tímidos actos de desagravio hacia el pueblo chino, pero ignoro si el gobierno mexicano ha pedido perdón por estas recientísimas masacres y persecuciones institucionalizadas y si se ha compensado económicamente a las víctimas. El asesinato de Madero en 1913 impidió que se cobrará la indemnización prometida.

Con todo y con esto, un descendiente de la nación de los conquistadores que hoy es presidente de México puede pedir que España pida perdón por aquello de la Conquista, y todavía más al Vaticano, ya que al presidente se le impuso la cruz por la espada durante la colonización, especialmente a él, cuyo abuelo era cántabro. No sé si España debería disculparse, la verdad. Lo que sí sé es que me harta está izquierda Manu Chao idealizadora de tiempos pretéritos y este muy cristiano sentimiento de culpabilidad por algo que nosotros no podríamos haber impedido. Me sorprende también que los descendientes de los colonizadores que dirigen países allí pidan estas cosas a quienes nos quedamos aquí. Me sorprende todavía más que algunos dirigentes políticos españoles no pongan en duda nada de esto como si ellos mismos fueran hijos de Hernán Cortés.  No tendréis otra cosa que hacer, imagino.

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