El viejo jamelgo de la reivindicación


Qué triste. El presidente de México exigiendo al Rey de España una disculpa por el devenir histórico. En verdad, qué triste. Infiero que el mandatario mexicano desconoce la obra de Carlos Fuentes, en especial El espejo enterrado, y Las dos orillas. Supongo que jamás comprendió la enorme carga simbólica de la microhistoria de ficción de Lorenzo y Dolores en La muerte de Artemio Cruz (también de Fuentes), donde «México se reconcilió por fin con su herencia española», como así lo sostuvo Marteen Van Delden, académico de la Universidad de California.

Tampoco me queda muy claro que haya estudiado a la figura de Francisco Xavier Mina: sí, el hijo de Navarra que peleó por España contra Francia, y luego por la independencia de México (donde hoy está considerado como héroe patrio). O, elevando la exigencia intelectual, si pasó alguna noche de insomnio intentando conciliar el sueño hojeando la Nueva historia general de México (El Colegio de México, 2010). En particular, el texto del reconocido historiador Bernardo García Martínez.

Tampoco creo que conozca la historia del ilustre indiano asturiano, Íñigo Noriega. Y, mucho menos, su importancia en el desarrollo económico de México durante el porfiriato. No estoy seguro de que tenga muy presente el romance que vivieron el exilio republicano y México, mientras España se desangraba en una Guerra cada vez más difícil de olvidar. 

Me atrevo a inferir que López Obrador desconoce que Manuel Azaña, presidente de la Segunda República, fue enterrado en Francia con la bandera mexicana a petición del embajador de México, tras la negativa de Francia de que fuese con la bandera republicana. «Lo cubrirá con orgullo la bandera de México. Para nosotros será un privilegio, para los republicanos una esperanza, y para ustedes, una dolorosa lección», fueron las palabras de Luis I. Rodríguez.

De tener alguna noción de todo lo antes mencionado, supongo, se habría tomado la molestia de reconsiderar este disparate. También podría haberse imaginado que se arriesgaba a hacer un ridículo internacional, y que tendría que responsabilizarse por semejante desatino diplomático en la relación bilateral.

Esta bravata caciquil, porque cuesta considerarla como algo más, con la que exige a Felipe VI que la Corona se disculpe por «los abusos» que «los españoles» cometieron en tierras americanas hace más de 500 años, lo exhibe como un irresponsable que se toma licencias propias de historiadores y de académicos. Él es un político, no un estudioso de la historia.

¿Qué tiene el poder que ciega y embriaga hasta el delirio? Se deja ver que el señor López Obrador tampoco está muy enterado de la actualidad política española. Exigir una disculpa por lo ocurrido hace más de cinco siglos, cuando se acerca la fecha del cumplimiento de los 80 años del final de la Guerra Civil, me parece que es estar un poco desnortado.

Hay heridas locales y más recientes que aún siguen con el riesgo de convertirse en hemorragia. Este no es momento para darle prioridad a cicatrices apenas distinguibles. ¿Qué tendrá el poder, que engaña a los quijotes haciéndoles creer que montan el ilustre corcel de la democracia, cuando en realidad sólo son voceros de viejos espectros subidos al famélico jamelgo de la reivindicación?

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