«Nada es más vulgar que la prisa»


Sigue el zahorí salvaje de la muerte secando fuentes. Ayer le tocó a Rafael Sánchez Ferlosio, una biblioteca entera en llamas. Ferlosio era la tinta infinita de la curiosidad. Un ser humano capaz de escribir la mejor novela realista tocando de oído, El Jarama, o de inventar el realismo mágico con El Alfanhuí. Gabo y su milagro vinieron mucho después.

Tecleó en largo y en corto. Los años lo llevaron, como a todos, al naufragio, del que extrajo la pegada de sus pecios, esos aforismos en frases o en párrafos que son el fondo y la forma salpicándose con la razón. Muy pocas literaturas tienen un intelectual de su talla, que dio lugar al adjetivo ferlosiano. Ensayar en rugbi es marcar, escribir en ensayos es esbozar pensamientos. El sabio, y Ferlosio lo era, aporta su opinión para que evolucione con las contrarias. Así se vive en sociedad. Así es la tolerancia. Solo desaprendiendo se aprende. Dejen de lado la prisa. Y léanlo. Solo se necesita tiempo.

Él estaba lejos del yoísmo estéril. De los altares de los artistas que se aman a sí mismos por encima de todas las cosas. Abandonó el éxito fácil de escribir muchos más Jaramas para perderse en el estudio exhaustivo del lenguaje y sus selvas. Llegó a El testimonio de Yarfoz y, desde la frondosidad, terminó en esa navaja corta del fraseo razonado o de cómo levantar un castillo con pocas palabras. Su conocimiento del diccionario era del nivel de María Moliner, una mesa aparte. Siempre regalo El Alfanhuí, que es El Principito español. Era lúcido, que no lucido. Y adivinó el futuro en el que nos despeñamos hacia el 28A: Vendrán más años malos y nos harán más ciegos.

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