Covadonga


Es cerrar los ojos e imaginarse a Santiago Abascal irrumpiendo a caballo en el mitin de Covadonga al grito de «¡por España!». Blandiendo un sable antiguo. O un fusil de asalto con mira telescópica, que es lo que traen los vientos estadounidenses que mueven el molino de gentes desinteresadas como Steve Bannon. De fondo, La cabalgata de las Valquirias, de Wagner (vamos a permitirnos esa licencia extranjera, que al menos es un autor alemán). Esta apertura de campaña promete una gran puesta de escena. Esperemos que no defraude y que les quede como una secuela de Juego de tronos. Pero en versión asturiana, claro. Con la Santina de perfecta anfitriona, como siempre. ¡Qué bien recibe! Porque anda que no ha visto ella desfilar por allí a socialistas, comunistas, populares, podemitas y ciudadanos de variado pelaje. Por eso es mejor que los más puristas de Vox se concentren en lo suyo, en los discursos y en las banderas, en los mantras y en el amado líder. Que no se desvíen del tema. Porque a la mínima igual se encuentran con cualquier rojeras poniéndole velas a la virgen. O con un paisano lanzando una frase del tipo «al platu vendrás, arbeyu». O con un grupo de amigos cantando con devoción el Asturias, patria querida. Que tengan cuidado los feligreses de Abascal y vayan mentalizados, porque igual cosas así se les atragantan, les rompen los esquemas mentales y territoriales. Es lo que tiene España. Que aguanta muy mal la cuadrícula y el empaquetado industrial. Que no es nada sencillo. Y ahí está la gracia. Por eso convendría especificar antes de afrontar la última recta electoral de esta carrera. ¿Por España? ¿Qué España?

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