Estado de las cloacas

OPINIÓN

06 abr 2019 . Actualizado a las 09:47 h.

O fortunatam rem publicam, si quidem hanc sentinam urbis eiecerit! En el año 2082 antes de Villarejo, Cicerón ya clamaba por echar las cloacas («sentinam») fuera de la república. A Cicerón le parecía que las cloacas eran algo que podía ser expulsado de Roma. Seguramente pensaba que esas sentinas no protegían a la república, sino que la ensuciaban. En estos días venimos oyendo hablar de nuestras cloacas, pero con un matiz diferente. No se está diciendo que Rajoy y Jorge Fernández crearan cloacas en nuestro sistema de seguridad, sino que las utilizaron para fabricar embustes contra partidos políticos. A diferencia de lo que creía Cicerón, y diga lo que diga Ábalos, no se habla de las cloacas como algo que haya que echar del Estado, sino como un componente suyo. La cuestión es cuánta porquería tienen y hasta dónde llega.

En los años veinte, Lippmann desarrolló la idea de que el buen funcionamiento de la democracia exigía procesos para fabricar consentimientos. Las masas son una fuerza ciega y emocional que no toma decisiones inteligentes. Si no hay élites que dirijan la acción colectiva, no hay acción inteligente y la democracia tiende al desorden. Por eso una parte esencial de su funcionamiento son las técnicas de propaganda por las que se consigue que la gente acepte cosas que en principio no deseaba. No importa lo reaccionario que suene esto. La sensación de democracia vigilada por una oligarquía que influye en las decisiones colectivas y pone y quita gobiernos la tenemos con frecuencia. No hay en nuestras sociedades imposición violenta de gobernantes, sino que al final gobierna quien recibe los votos de la gente. La forma de quitar y poner gobiernos, por tanto, consiste en fabricar el correspondiente consentimiento colectivo. El impulso de rechazar planteamientos tan antidemocráticos no debe llevarnos a la simplicidad. Sabemos que la colectividad es emocional y tenemos que encajar las conductas correspondientes en un orden civilizado. Por ejemplo, alguna vez dije que los referendos no me parecen una buena manera de zanjar diferencias sobre decisiones difícilmente reversibles. Ahí tenemos el funesto ejemplo del Brexit. Por supuesto, lo que el orden civilizado exige es regular el sistema para que no sean impulsos emocionales los que marquen las grandes decisiones, no manipular a la colectividad para que consienta lo que unos pocos deciden de antemano.

Así que en esas cloacas que la arquitectura del Estado deja ocultas y fuera del escrutinio público, se decidió que la posibilidad de que ganase Podemos unas elecciones era peligrosa para el sistema. Las «élites», según parece, estaban encabezadas nada menos que por esa lumbrera de Jorge Fernández. Así que se puso él con otras «élites» a fabricar el consentimiento colectivo de que Podemos era una mala opción para el país. Los hechos mostraron que Podemos se bastaba solo para ese consentimiento. Pero antes de que Podemos empezara a cometer errores, ya se había detenido la hemorragia morada que llegó a asustar a los demás partidos. El apoyo a C’s como cortafuegos y la manipulación informativa de la situación griega con la llegada al poder de Syriza en 2015 detuvieron el avance de Podemos. Es difícil precisar cuánto pudo afectar toda la cadena de embustes sobre Venezuela, Irán y financiación. La propaganda sobre Venezuela fue tan sofocante que ahora ya no es un espantajo que se agite solo contra Podemos, sino contra toda la izquierda, como vimos recientemente con el asunto de Guaidó. La actuación de las cloacas no tiene mucho que ver con el actual encogimiento de Podemos, pero sí pudo tener algo que ver con su primer estancamiento.