El debate de tu muerte


Todos vamos a morir tarde o temprano. Algunos creen que hay vida después de la vida, aunque no existan pruebas que sustenten esta creencia, pues para eso es la fe, para creer en ausencia de pruebas. Cada uno es muy libre de creer en las astracanadas que crea convenientes y esté dispuesto a digerir, pero cuando crees que un ser de otro mundo vino a este para decirte cómo debes vivir tu vida y morir tu muerte si quieres pasar al otro lado entre algodones, si quieres vivir Más Allá, está feo decidir que el que no cree adopte tus valores y se vea obligado a sufrir por tus caprichos.

Pablo Casado, ese ser de sonrisa imposible que anda por los mítines totalmente desbocado, un tipo capaz de venderte una soga sonriendo, dice que no hay debate sobre esto. Que no hay debate sobre lo que expongo en el primer párrafo, pues ese y no otro es el debate sobre la eutanasia. Evidentemente, Casado no va a decirlo a las claras, pero con su actitud hacia la eutanasia están intentando conservar el voto católico. Dice también Casado que hay que centrarse en los cuidados paliativos, como si eso no fuera un falso dilema, casi tan falso como su preocupante sonrisa. Pero el debate siempre estuvo ahí. Estaba ahí cuando Aguirre y Lamela decidieron hacer caso a un lunático y llevar ante la justicia al doctor Montes en 2005. A esto le acompañaron alegres diatribas desde la radio, donde un conocido periodista, o algo parecido, llamó al doctor Montes y a su equipo «Sendero Luminoso», como la organización terrorista peruana. El debate, por lo que se ve, solo es necesario cuando lo decide la derecha. O la ultraderecha, que es la única derecha que tenemos en España.

Puede que llegada mi hora, o si el médico me da una fecha de caducidad, decida que quiero hasta el último aliento, que el dolor no es un obstáculo para mí, que quiera agarrarme a los minutos, ver la vida y las vidas, oler el mundo, sentirme en él, revolcarme tozudamente en ese tramo final con tal de seguir sintiendo. Pero no se trata de mí ni de Pablo Casado. Se trata de lo que cada uno quiera hacer con los últimos suspiros, adelantarlos o no en vistas de un fin conocido, y ahí nadie debería tener nada que decir. El Estado debería regular eso, y que cada cual decida si quiere seguir viendo unos minutos más la inquietante sonrisa de Pablo Casado.

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