Como periodista, como espectador y como demócrata, siempre he estado a favor de los debates electorales. Cuantos más, mejor. Pocos espectáculos hay más apasionantes que el de observar a los principales líderes políticos midiéndose en directo para confrontar sus ideas. Creo que la obligación de cualquier político que aspira a gobernar un país es dar a sus rivales la oportunidad de rebatir sus propuestas, exponer las suyas y permitir que los ciudadanos cotejen lo que cada uno tiene que ofrecer. Dicho esto, he de añadir que siempre me ha parecido absurdo que alguien decida su voto en función de lo que ocurra en un debate televisado en el que la frontera entre el triunfo o el ridículo puede depender de que el candidato tenga un mal día, de que cometa un lapsus o incluso de que su presencia física, su vestimenta o su corbata no sean las más afortunadas. Lo que vemos en ese tipo de enfrentamientos obedece más a las tácticas diseñadas por los estrategas de cada fuerza política que al pensamiento real del candidato a presidente.
Creo que la política es algo más serio que convertir el debate electoral en un reality show en el que los aspirantes están más centrados en asestar el mayor zasca posible a su rival para desprestigiarle y hacerle caer en contradicciones que en explicar en profundidad todo lo que proponen para gobernar el país, cosa por otra parte imposible en tan corto espacio de tiempo.
No hace falta recurrir al viejo tópico del primer debate televisado de la historia entre el republicano Richard Nixon y el demócrata John F. Kennedy el 26 de septiembre de 1960. Nixon rechazó maquillarse y vistió un triste traje gris, mientras que Kennedy se preocupó de estar bronceado y ofrecer un aspecto aseado, realzado con un traje elegante. Quienes siguieron el debate por la radio dieron como ganador a Nixon, pero los que lo vieron por televisión otorgaron el triunfo a Kennedy por abrumadora mayoría. Algo que demuestra que en este tipo de duelos la imagen está por encima de las ideas. Y si esto sucedió ya en 1960, en los tiempos de la política líquida que vivimos en la actualidad ese efecto tiende a multiplicarse. Conviene por tanto no exagerar ni convertir un debate necesario y democráticamente ineludible en el eje de la campaña y en la única clave para tomar una decisión a la hora de acudir a las urnas.
La experiencia indica que quien se ve ganador es el que tiene menos interés en debatir. De ahí que Sánchez huya de un cara a cara con Casado con excusas absurdas y también que opte por un debate a cinco que incluya al líder de Vox, Santiago Abascal, y rechace uno a cuatro en RTVE sin él. Aunque su clara intención es equiparar a Abascal, Casado y Rivera como una misma opción, la participación de Abascal es necesaria, lo mismo que lo fue la de Iglesias y Rivera en el 2015, cuando no tenían representación. La otra ventaja para Sánchez es que si sus oponentes caen en la torpeza de convertir el debate en un cuatro contra uno, él será el único beneficiado. Así, hasta Rajoy ganó en el 2016 frente ante tres jóvenes rivales.
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