Lo que con lucha se consigue sin lucha se pierde

OPINIÓN

13 abr 2019 . Actualizado a las 05:00 h.

Quienes se consideran a sí mismos de derechas andan refalfiaos. Tienen tres partidos para elegir y los tres les gustan. Todos los de derechas simpatizan con PP y C’s. Si hablan cinco minutos, dirán que lo de Vox no es para tanto, pero si hablan diez ya admiten cuánto simpatizan con esos muchachotes. Un banquete de buenas opciones. A los votantes de derechas les pasa como a los entrenadores del Madrid y el Barça: tienen tanto bueno donde elegir, que no saben a quién poner de titular. Los votantes de izquierdas, en cambio, andan ayunos. Tienen dos opciones y ninguna les gusta. No les gusta el PSOE porque no es de fiar y a la hora de la verdad se derechiza y no se atreve. Y no les gusta Podemos porque no da la talla. Pero las derechas pueden perder. Ahora sus partidos solo gustan a los que dicen ser de derechas y solo dicen ser de derechas los que son muy de derechas. Y esos no son suficientes. Gregor Samsa un día descubrió con horror que los demás no oían sus palabras como palabras, sino como el silbido estridente y amplificado de un insecto. PP y C’s tanto imitaron a Vox que para quienes no son muy de derechas sus palabras ya no se oyen como palabras sino como alaridos cavernarios (manos manchadas de sangre, felonías, traiciones, víctimas humilladas, patrias en peligro). Pero la izquierda también puede perder. Sus votantes prefieren pasar hambre que comer cualquier cosa y, como esos votantes son de pico muy delicado y cualquier cosa es cualquier cosa para ellos, y como los líderes izquierdistas la verdad es que son cualquier cosa, pues a los votantes izquierdistas igual les da por no ir a votar o ir a votar graciosadas (me callo). Así que pueden perder.

Las derechas están jugando al juego de la silla, todo el rato corriendo nerviosos a la espera de que suene el silbato y, para no ser el que se quede sin silla, están llenando de ruido de desecho la vida pública. Y no solo porque se están disputando la silla. Es que tienen que distraernos de lo que de verdad deberíamos ver y oír. Casado dijo que va a bajar el salario mínimo. Luego dijo que eso era un infundio (o un fake, como dicen en Aravaca), que él no había dicho eso. Pero no era un infundio por dos razones. La primera, sencillamente porque sí lo dijo y lo oímos todos. Y la segunda, porque llevan oponiéndose a la subida del salario mínimo desde que se empezó a hablar del tema. Lo dijo y no fue un lapsus. Casado y Rivera truenan todos los días contra esos 900 euros. En Andalucía están quitando los impuestos a las herencias millonarias y bajando los impuestos a los ricos. Y sus propuestas son claras: bajar los impuestos a los ricos y bajar el salario a los que menos cobran.

Pero hay más. También quieren privatizar la enseñanza, es decir, entregársela a la Iglesia pagándola el Estado. Sonó muy facha que Bolsonaro abriera una campaña para denunciar a los profesores que dijeran cosas marxistas en clase (para Bolsonaro es marxista no ir a misa). Aquí dice Casado que la Alta Inspección debe castigar a quien adoctrine en clase. Es lo mismo y casi con las mismas palabras. Y es el truco de imputar a los demás el vicio propio. Quieren financiar la enseñanza privada y retirar fondos de la pública, porque la privada está en manos de la Iglesia y quieren su adoctrinamiento. Ese traslado de la condición propia al rival alcanza niveles grotescos cuando habla la jerarquía eclesiástica en persona y no a través de sus enviados (políticos) en la tierra. Se refiere a la enseñanza pública como estatalizante y totalitaria y a la privada concertada como la enseñanza libre. Qué gracia. Es la pública la que tiene obligación legal de neutralidad ideológica y la privada la que tiene derecho legal de tener un «ideario» (ideología monda y lironda). No son los independentistas los más voraces de adoctrinamiento escolar.