Degeneradas folklóricas de la política


En España sabíamos desde pequeñitos lo que era una folklórica. Si me queréis, irse. Nos lo enseñaban nuestros padres viendo Aplauso o cuando ponían canciones de Nino Bravo, mientras en casa las revistas nos hablaban de Lola Flores o de Rocío Jurado. Pero una folklórica era algo que comprendíamos, con sus batas de cola y sus peinetas de carey. No Rosalía, que, cómo no, sale en la película de Almodólar. Mientras que lo que estamos viviendo es la política entendida como folklore de baratillo para memes (y memos) de redes sociales, algo que no lo asimila ni el superordenador aquel, Deep Blue, que primero perdió con Kasparov y que luego derrotó al humano. El humano aquí está de antemano derrotado. El español de a pie, en este campo de batalla, está desnortado, como veleta sin viento. ¿Cómo va a saber un tipo normal, de los que van a trabajar después de dejar a los niños en el colegio, por ejemplo, de qué va este show de Falcon Viajes y del ‘yo debato con quién me da la gana para esmagar a la derecha en tres pedacitos’? Así es normal que la metadona de las encuestas hable de que somos millones los indecisos. Cuando parece que lo tenemos seguro entra otro elefante en la cacharrería y a volver a empezar. Hablábamos de folklóricas y de ajedrez. En el ajedrez de toda la vida estaba la estrategia de defensa, retirada y engaño, menos cuando enfrente tenías a un violento creativo que encendía los 64 escaques como si fueran 64.000 con ataques suicidas. Pero, incluso así, con un adversario pirómano, había unas normas. En nuestra campaña no las hay. O peor: la única ley es que todo vale. En este escenario de políticos candidatos convertidos en degeneradas folklóricas no hay entendimiento al que sujetarse. Todo es fútil y volátil. Prima de riesgo. Política fricción. Les falta salir en videojuegos de Mortal Kombat, porque luchar en el barro delante de las cámaras lo hacen todos los días. ¿Dónde está el sentido común en esta jauría? Nos va quedando menos para decidir. De momento es fácil levantarse dormido por la mañana convencido de que Casado es presidente porque aún no le ha dado tiempo a hablar. Pero a media mañana, con unos martinis, dejarte seducir por Rivera. Venirte arriba, con los chupitos y unos Soberanos es cosa de hombres, después de comer, y abrazar a Abascal. O rondar ya de reenganche la cena con Sánchez en la mesa de Moncloa, para luego citarse en un hotel de esos en los que se queda para follar con Iglesias y ya, a oscuras, decir, como Dinio, que la noche te confunde y que, tras otra jornada campanuda, sigues sin tener ni idea de a quién votar. ¿No puede calmarse uno, solo uno? Aragonés decía que el fútbol era ganar, ganar, ganar y volver a ganar; no, perder, perder, perder y volver a perder.

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