La Semana Santa no entra en campaña


En los últimos días he recogido 235 titulares que proclaman la fake new de que la Semana Santa entra en la campaña electoral. La afirmación inversa -la campaña entra en la Semana Santa-, que sería la pura verdad, no la he visto en ningún sitio, aunque no descarto que algún periodista, próximo a jubilarse, la haya escrito. 

Los criterios para fijar la Pascua cristiana, responsable de las fiestas movibles de la primavera, fueron establecidos el año 325 en el Concilio de Nicea, aunque la dificultad de los cálculos, y los desvíos del calendario juliano, no permitieron previsiones exactas hasta la introducción, en 1585, del calendario gregoriano. Por eso cabe afirmar que, aunque los ritos de la Semana Santa española nacieron entre los siglos XIII y XIV, y su esplendor y formas se fijaron en el XVI, los sevillanos de hace cuatro siglos ya sabían que la Madrugá del 2019 sería el 19 de abril. Y eso quiere decir que no es la Semana Santa la que invade la campaña, sino al revés, cuestión sobre la que, aunque el Estado democrático no tiene que dar explicaciones, no conviene mentir.

El tiempo transcurrido entre el anuncio de las elecciones y la disolución de las Cortes sirvió para, además de crear los viernes sociales, hacer coincidir, a propósito, el tiempo electoral con la Semana Santa, porque entonces se creía que una campaña intensa no iba a favorecer al PSOE. Pero hoy, cuando se cree lo contrario, y se teme que la gente se niegue a distraerse de sus ocupaciones religiosas o vacacionales para dejarse adoctrinar por los banales tuits de cada día, la coincidencia de los mítines con las procesiones se quiere presentar como un fastidio casual. O como una injerencia de la movilización religiosa en el proceso político, a ver si nadie recuerda la imprudente decisión que generó el choque de sentimientos y emociones contradictorios en la semana más señalada y significativa del año.

La intención de este artículo es, además de ahorrarme comentar una campaña muy difuminada en banales frasecitas y debates infantiles, tranquilizar a los líderes de ambos eventos sobre los efectos de su coincidencia astral. Al papa Francisco le recuerdo que a la Semana Santa, que sobrevivió a guerras mundiales y civiles, invasiones napoleónicas, conquistas de América, derrumbes del imperio colonial, pestes negras, desamortizaciones y fanatismos de diversa orientación, tampoco le va a pasar nada si los asistentes a los mítines del Jueves Santo no llegan a tiempo para la salida del Jesús del Gran Poder. Y a Sánchez le aseguro que los cientos de miles de cofrades, los dos millones de auxiliares y los siete millones de espectadores que se avienen a los desfiles de las ciudades y pueblos de España -incluyendo la España vacía que estos días se rellena para abrir sus iglesias-, somos laicos de verdad, que sabemos distinguir lo que es del césar de lo que es de Dios, y que no va a perder o ganar un solo voto porque estos días, por estar mirando a Dios, no podamos atender al césar.

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