La aparición de la violencia política


No, no es verdad que los de ETA manden más que nunca en España, como dijo Pablo Casado. Pero sí es cierto que por primera vez un gobierno español pidió el voto de Bildu para sacar adelante sus decretos ley, y eso dio a los herederos de ETA munición para su propaganda. Arnaldo Otegi se encargó de pregonarlo con la pretensión de que «ahora son una fuerza decisiva». Tremendo error del Gobierno de Sánchez, aunque es dudoso que lo pague en las urnas. Y también es cierto que, si «los de ETA» no tienen esa fuerza política, sí pretenden tener la fortaleza que siempre tuvieron: la agitación de la calle con un estilo que Maite Pagazaurtundua calificó como «matonismo abertzale». Siguen utilizando procedimientos de kale borroka para atemorizar a quienes piensan distinto o se atreven a hablar en un territorio que consideran suyo y excluyente de los demás. Sobre todo, si son españoles.

Esto, unido al impresentable escrache a Cayetana Álvarez de Toledo y otros episodios de odio, hace que estas elecciones sean ya las más tensas de cuantas hubo en los cuarenta años de democracia. Violencia verbal en los discursos de los candidatos y violencia física en las acciones de los intolerantes y quienes los incitan. La coincidencia del radicalismo vasco y el catalán no creo que sea casual. La agresión, la amenaza, el insulto y el intento de hacer callar a los partidos conservadores es una de las señas de identidad de esta campaña. Las características que unen a los violentos de Euskadi y Cataluña son el rechazo a la presencia de todo lo español en «sus» territorios, la imposición del miedo y un comportamiento de inspiración nazi que lleva al señalamiento de los nuevos judíos, que serían los simpatizantes del Partido Popular, Ciudadanos y Vox. Que esas actitudes estén naciendo, pero se estén repitiendo, es lo más grave que podemos ver en el actual proceso electoral. Si no fuese por la intervención de los Mossos d’Esquadra en la Autónoma de Barcelona y de la Ertzaintza en Rentería, quizá el balance sería sangriento.

Cuando escribo esta crónica el presidente Sánchez no dijo una palabra sobre estos incidentes. Quizá opte por el silencio para no caldear el ambiente, que es una técnica muy suya. Pero tendría que decir algo por su propio bien y por el de España. Por el suyo, para no dar pie a las sospechas de connivencia en espera de que los independentismos le apoyen en la investidura y porque un jefe de Gobierno no debe permanecer impasible ante brotes de violencia política. Por el de España, porque un grupo de exaltados, supremacistas, excluyentes o simplemente radicales no tienen derecho a negar la palabra a nadie. Y si lo consiguieran, estarían poniendo en peligro la paz de este país.

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