Volvemos al «¡Muera la inteligencia!»


En el fragor de una campaña que resulta ser tan zafia en las formas y tan pobre en los argumentos como era desgraciadamente previsible, hay hechos, situaciones, microhistorias, que pasan desapercibidas en los medios frente a los titulares sobre esa inmensa nada que son los mítines de los candidatos, pero que definen mucho mejor que cualquier análisis no solo qué es lo está ocurriendo en esta larga carrera por llegar a la Moncloa, sino en qué clase de país vivimos.

 El pasado domingo, cuando el filósofo vasco Fernando Savater se disponía a dar un discurso en la Plaza de los Fueros de Rentería (Guipúzcoa), los energúmenos que trataron de impedir por la fuerza que Ciudadanos celebrara allí un mitin le gritaron «¡Tonto!, ¡tonto!». A veces, un «tonto» revela más que un «hijo de puta», que es lo que suelen llamarle en Rentería a todo el que no sea nacionalista. Que el totalitarismo que lleva décadas, primero con balas y luego con la intimidación, dictando quién habla y quién no en el País Vasco, llame tonto y amenace al pensador más lúcido de nuestro tiempo, y uno de los hombres más valientes y libres de España, remite al «¡Muera la inteligencia!» con el que el fascista Millán-Astray quiso acallar el discurso de otro filósofo vasco, Miguel de Unamuno, en 1936, en plena «guerra incivil», como la llamó el entonces rector de la Universidad de Salamanca.

Desgraciadamente, ha sido necesario que el PP y Ciudadanos se hayan decidido a enfrentarse abiertamente al matonismo independentista y totalitario en Cataluña y el País Vasco, plantándose en la Universidad Autónoma de Barcelona o en la plaza de Rentería reivindicando el derecho a expresar sus ideas, para que los españoles nos enteremos de lo que está sucediendo en nuestro país, que creíamos una democracia perfecta. Si estos actos de barbarie antidemocrática se perpetran impunemente en el País Vasco cuando ETA ha dejado de matar, imaginen la dictadura del terror que imperó durante décadas cuando exhibir una bandera de España o defender la libertad en Rentería no se pagaba con el insulto, sino con el tiro en la nuca. En Cataluña, el independentismo lleva también décadas imponiendo quién puede hablar y quién no, con la connivencia del poder político. Y solo la determinación de la candidata del PP Cayetana Álvarez de Toledo y de la eurodiputada de UPyD Maite Pagazaurtundúa de entrar la Universidad Autónoma de Barcelona a participar en un acto político a pesar de los insultos, agresiones y amenazas de los fascistas, ha permitido que se visualice una ignominia que no es nueva, sino que viene desde muy lejos.

Lo más grave, al margen del silencio del PSOE y la connivencia de Podemos ante estos hechos gravísimos, es que el matonismo separatista, además de actuar con total impunidad, ha impuesto su relato torticero, de manera que a quienes golpean a aquellos que no piensan como ellos se les llama antifascistas, y a los que defienden a España o exhiben su bandera se les tacha de ultraderechistas y provocadores. En ese país vivimos. ¿Y la campaña? Bien, gracias.

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