Yo, mi, me, conmigo


Abunda por el mundo un tipo de persona que, hasta hace poco, pasaba más o menos desapercibida; no incordiaba demasiado si uno sabía cómo esquivarla. Pero, ay, las redes, tan sociales y tan útiles como agotadoras, condensadoras, agua para ese pez resabidillo, egocéntrico y cursi, #elgranmaldeestesiglonuestro. Sabrán de qué clase de individuo les hablo, especialmente hoy, con las llagas de Notre Dame aún en carne viva: ese que, además de saber de todo -de medicina paliativa y técnicas de extinción de incendios, de feminismo liberal y de antropología, no vaya a quedarse fuera del debate de la apropiación cultural-, siempre ha estado allí, tiene un amigo que, lo dice por experiencia propia, sabe de lo que habla. Él también, él más. Yo, mi, me, conmigo.

Afectadísimo, implicadísimo y afiladísimo, tiene siempre el comentario más mordaz en la punta de la tecla, el chiste a punto, la lágrima floja. Espera como agua de mayo la próxima catástrofe, siguiente polémica, excusa perfecta para levantar la mano, divulgar antes que nadie su montaje cutre de Photoshop -a ver si esta vez, con suerte, se hace viral- y rescatar una foto de hace ocho, diez años en la que, a poder ser, se le vea resultón y muy feliz, en el lugar de los hechos, esta vez, el corazón de París. Emoticono triste. Hashtag .«Je suis».

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