Hablar claro


Nunca supe dibujar. La derecha lleva hablando desde los ochenta de la pérdida de la cultura del esfuerzo en nuestras aulas. La mentira desvergonzada y la idiocia hacen de la memoria un delirio. ¿Cuál es esa época en la que en España dominaba la cultura del esfuerzo? Seguramente antes del 75. Se están oyendo en esta campaña promesas tan graciosas como que España volverá a ser grande. ¿Grande como cuándo? Como antes del 75. Todos los caminos de nuestras derechas llevan a antes del 75. Pero no nos desviemos. Nunca supe dibujar porque me crié en un sistema escolar alérgico al esfuerzo. El mensaje era sencillo. Tú vales mucho para las asignaturas «de estudiar», no hace falta que te esfuerces, estás dotado. No vales para el dibujo y las cosas manuales, no te esfuerces que eso no es lo tuyo. Todo llevaba a no esforzarse. Así que no aprendí a dibujar. Estoy seguro de no haber intentado dibujar una casa en mi vida. Es decir, estoy seguro de que no dibujé más casas que aquellas que se dibujan de pequeño poniendo un pico encima de un cuadrado y sacando dos líneas divergentes que parecían un camino. Lo que me importa de todo esto es si será correcto decir que yo «dibujo claro», que mis casas infantiles son la manera clara de representar una casa, y no esas láminas alambicadas llenas de colores y trazos imposibles.

A los votantes de Vox les gusta que «habla claro». Hablan tan claro como yo dibujo. La cosa no se queda en los votantes de Vox. Visto que hablar claro tiene gancho, el PP se puso a hablar claro también. Rivera dice una cosa y la contraria y siempre alto y claro. Tampoco es cosa solo de las derechas. Por algunas rendijas entran en la izquierda corrientes de aire que silban eso de hablar claro y dejarse de monsergas. Y es que somos así, podemos ignorar deliberadamente la verdad y al mismo tiempo exigir claridad. Retengamos esto: quienes hablan claro no hablan claro porque digan la verdad. Y quienes quieren que se les hable claro tampoco es que quieran oír la verdad. Estos son algunos ejemplos de verdades que nadie desconoce ni niega. Solo algunas. 1. ETA ya no existe desde hace bastantes años; no hay nada en la agenda antiterrorista de ningún gobierno relacionado con ETA. 2. España es uno de los países de Europa y del mundo con menos criminalidad. 3. El Ejido es una de las ciudades con más presencia de inmigrantes y también una de las ciudades con mayor renta per cápita de España, y las dos cosas, los inmigrantes y la renta, crecieron a la vez; en ningún sitio la afluencia de inmigrantes hizo más pobres a quienes ya vivían allí y en muchos sitios los hicieron más prósperos. 4. La entidad que más subvenciones del Estado atrapa y para actividades más dispersas es, con mucho, la Iglesia; el Estado le paga profesores, catedrales, canales de televisión y radio, les da terrenos, no les cobra impuestos, les regala mordidas del IRPF; no hay asociaciones feministas ni ONGs que remotamente se le acerque. 5. Hay una policía política dirigida por el PP que se dedicó a conspirar con periodistas y empresarios para extender falsedades contra Podemos. 6. La guerra civil terminó en el 39, no en el 75; entre el 39 y el 75 Franco no mataba porque hubiera guerra.

Son cosas verdaderas y conocidas que no se niegan. Pero los que quieren hablar y que se les hable claro no quieren verdades, quieren relatos. Y quieren dejar fuera como irrelevantes las verdades que no se acomoden a sus vísceras. Venezuela es una dictadura horrible y la izquierda quiere en España esa misma dictadura. Esto es hablar claro. Tan claro como las casas que yo dibujo, y se relaciona con la realidad con la misma torpeza que mis casas con las casas de verdad. La policía política del PP se parece a las extravagancias de Maduro mucho más que cualquier cosa que se pueda rastrear en el programa o la conducta de nadie en España. Esto es una verdad conocida, pero obliga a poner grises y matices en el cuadro de Venezuela y la izquierda. Y entonces ya no hablamos claro.

Nada que sea apacible, racional y matizado es claro. No se habla claro si no se planta cara a algo. Tiene que haber rebeldía, hartazgo, volver a algo que se había perdido. Decir que las feministas a veces se pasan puede ser verdad para algunos, pero se duermen. Pero cuando Trump dijo que siendo famoso ya puedes coger a las mujeres por el coño, eso sí fue hablar claro. Y una vez que se da por bueno el trazo grueso, no hay nada que te haga callar. En cuanto aceptas que cuatro líneas mal trazadas son la fachada de una casa, dirás tan fresco que una espiral simplona puesta encima y hacia arriba es el humo de la chimenea. Cuando no te exiges que los trazos sean al menos rectos y se parezcan en algo al objeto dibujado, puedes inventarte un problema en nuestras escuelas que no existe, coger el lápiz con un puño y hacer un trazo torpe hacia colectivos feministas para decir que en las escuelas no se aprende porque se gasta el dinero financiando a las feministas, después vas de las feministas a la seguridad donde te inventas crímenes que no hay y hordas de inmigrantes inexistentes para decir que ese dinero de subvenciones debería gastarse en más sueldos para nuestros militares y policías. No hay nada que un encefalograma plano no pueda unir con líneas rectas y expresarlo hablando claro y plantando cara.

El mecanismo puede funcionar si la gente está cabreada por algo y no importa lo que sea. La indignación es una mancha en el ánimo que se extiende y lo inflama todo, no solo el asunto del que nace. Ahora hay mucha gente irritada por los independentistas. Las derechas y los independentistas no paran de hacerse favores. Las derechas porque necesitan la indignación para llenar el discurso público de pederastas, manos manchadas de sangre, felones y traidores. Los independentistas porque necesitan una caricatura deformada y facha de España que dé respetabilidad democrática a sus oscuros resortes. El último favor fue lograr echar a Vox de los debates electorales y salvarlos a ellos del ridículo y al PP y C’s del papelón sonrojante que les tocaría interpretar. Los mecanismos emocionales funcionan como los subrayados fosforitos en documentos extensos. Lo importante es el texto, pero el fosforito determina qué parte del texto lees y recuerdas. Por eso, la furia o el hastío es un fosforito con el que se pueden resaltar los perfiles que se quiera hasta hacer de Sánchez e Iglesias activistas etarras tan fácil como se hace humo con una espiral. El problema del ruido es que es contagioso. En medio del ruido, las palabras son solo más ruido, como la colonia echada sobre el olor a sudor es solo más olor que aumenta el tufo. Los alaridos de tanta gente hablando claro hacen indistinguibles las razones y ahogan los embustes y las verdades en el mismo remolino. No debería ser difícil el formato de un debate. Basta que se pongan a hablar todos a la vez durante una hora. Sería el vivo reflejo de la campaña, pero no por culpa de todos. Por culpa de quienes hablan claro y sin complejos.

La izquierda atosigada por tanta corrección y que añora claridad debería no ser tan ofendidita por los inevitables excesos que se salen de los renglones y quedarse con el trazo grueso de las cosas. No es momento de extendernos en la cuestión de la corrección política. Baste recordar como simple ejemplo que en 2014 la millonaria Mónica de Oriol causó escándalo por referirse a quienes estaban en paro con bajo nivel de estudios como «gente que no vale para nada». Es más civilizada una sociedad que ya no cree que solo se le deba respeto al Rey y los notables y se escandalice porque se denigre a un grupo humano desfavorecido. Y el proceso que llevó a eso es el mismo por el que ya no me tengo que dirigir al Rector llamándolo magnífico y excelentísimo señor. Los que hablan claro de verdad se limitan a hablar claro y no a decir que van a hablar claro. Los que dicen eso es para atropellar razones y llenar la vida pública de brutalidad. A Trump y a Salvini les funcionó. A lo mejor en España no. A lo mejor nos toca empezar la reconquista después de todo.

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