Érase una vez un K-4 en Montreal 76...

OPINIÓN

Por la izquierda: Díaz-Flor, Celorrio, Esther Canteli y Herminio Menéndez en el homenaje a Manolo Fonseca, en el transcurso del 60 Aniversario del Campeonato de España de Invierno
Por la izquierda: Díaz-Flor, Celorrio, Esther Canteli y Herminio Menéndez en el homenaje a Manolo Fonseca, en el transcurso del 60 Aniversario del Campeonato de España de Invierno

22 abr 2019 . Actualizado a las 12:22 h.

Herminio Menéndez, José María Esteban Celorrio, Luis Gregorio Ramos Misioné y José Ramón López Díaz-Flor. Así se llamaban los cuatro jóvenes piragüistas españoles que conquistaron la medalla de plata en la final de K-4 1000 en la Olimpiada de Montreal 1976. Su hazaña marcaría un hito sin precedentes en el deporte español. Era mucho más que una marca o una medalla. Era la prueba irrefutable del despertar de un país al deporte olímpico. Era la demostración palpable del inmenso potencial español en el deporte de élite, sin miedos ni complejos.

Aquellos cuatro deportistas no solo eran muy fuertes, valientes y disciplinados, sino que demostraron un ingenio, una capacidad de aprendizaje y de construir equipo, que los convirtió en un ejemplo excepcional para la posteridad. Su rápida ascensión deportiva en la élite internacional podría ser objeto de estudio y análisis para cualquier estratega del deporte o para algún erudito apasionado de las gestas deportivas singulares.

Lo cierto es que aquellos cuatro jóvenes pasaron en muy poco tiempo de promesas a estrellas del firmamento olímpico, y que en el backstage de aquel «milagro español» era pieza clave la inteligencia y la firmeza de un entrenador llamado Eduardo Herrero, que vivía su cometido como un auténtico sacerdocio.