El laberinto electoral español


Hoy no tiene sentido escribir sobre ese par de debates del que todo el mundo habla, porque aún no tuvieron lugar. Y el jueves, cuando vuelva a publicar, tampoco tendrá sentido analizar lo que suceda hoy y mañana, porque todo se habrá quedado viejo, y todos volveremos a la lógica popular -distinta de la que usan los analistas- que nos aconseja votar en función de lo acaecido y comentado en los últimos tres años, en vez de guiarnos por una regueifa que, concebida como un espectáculo, y dirigida por asesores que creen que las decisiones de la gente se pueden tomar no solo en el último minuto, sino por motivos tan fútiles como un acierto o un desliz puramente retóricos, han convertido esta campaña en un compendio de trapalladas y promesas inconsistentes, transmitidas por tuits o jaculatorias que nada comunican ni a nadie le interesan.

Después de dos legislaturas fallidas, de fragmentar las Cortes hasta rozar la ingobernabilidad, y de instalar en la Carrera de San Jerónimo formas chabacanas y contenidos simplistas y empobrecidos, es evidente que no disponemos de ninguna solución para este país que esté a la altura de las necesidades actuales, y que, condenados a abandonar la idea de un país bien gobernado, sobre consensos y proyecciones sostenibles, no tenemos más perspectiva electoral que abrazarnos al mercado de las promesas coyunturales: subidas de salarios y expansión creciente de las prestaciones no salariales; subida de las pensiones a costa del Estado y sin ningún plan financiero; servicios públicos de máxima calidad e impuestos a la baja; empujar todos los avances desde el Estado -educación, investigación, gestión sanitaria, industrialización, energía y transición ecológica- sin que nadie tenga que competir ni mantener balances equilibrados. Es decir, un Gobierno de saldos y milagros que a todos nos hace sospechar que, más pronto que tarde, necesitaremos un cirujano de hierro -esperemos que solo sea económico- que restaure la congruencia y el orden del sistema.

Llevamos tres años sin que nadie haya hecho una reflexión general sobre el momento de España, sus problemas, sus oportunidades y sus objetivos. Todo lo que se propone y discute está basado en engañifas para incautos, que, expuestas sin coherencia ni contexto, más parecen campos minados para los gobiernos futuros que programas de acción acumulativa que pueda hacer crecer el bienestar con independencia de que los gobiernos cambien y los políticos pasen. Ni siquiera sabemos lo que es España, ni por qué, mientras el conjunto se difumina entre memorias manipuladas y relatos acomplejados, cada uno de los cachiños que pueden quedar de este hermoso país aspira a compararse con las grandes naciones que mantienen su unidad.

Por eso estamos en un laberinto electoral, lleno de trampas saduceas, en el que -haciendo la media de las encuestas publicadas ayer- puede pasar todo y lo contrario de todo. Un panorama de confusión y «tira palante», en el que solo Sánchez brilla como una estrella fugaz.

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