No despiertes la serpiente


Para qué odiamos? ¿Para librarnos de aquel objeto que amenaza nuestra identidad? ¿Para sentirnos parte de una comunidad? Aunque los asistentes a la quema del muñeco de Puigdemont, en la localidad sevillana de Coripe, se defiendan diciendo que solo se trata de una tradición conocida como «la quema de Judas», probablemente buscaran ambas cosas. Un gran muñeco vestido como el expresidente de la Generalitat fue paseado para acabar colgado de un árbol, quemado y disparado en medio de una furibunda muchedumbre de hombres, mujeres y niños.

El odio es consustancial al ser humano, como lo es el amor, la alegría o la tristeza. Como sugiere Nietzsche, sirve para mantener un cierto estado de alerta intelectual y siempre que se transforme en indiferencia, puede ser hasta saludable. Odiar tendría sentido si con la destrucción y la desaparición del objeto quedáramos tranquilos: esa es la fantasía del odiador. El problema es cuando se alimenta este odio, cuando se le da pábulo, se celebra en público y encima se comparte con nuestros hijos, como si fuera una enseñanza. Porque como dice Pascual Duarte, el magistral personaje de Cela, «el odio tarda años en incubar; uno ya no es un niño y cuando el odio crezca y nos ahogue los pulsos, nuestra vida se irá. El corazón no albergará más hiel y ya estos brazos, sin fuerza, caerán».

Lo que en Coripe se toma como una «tradición festiva local» a mí me parece la comunión más atroz del odio. Y en esos niños se está plantando la semilla. A odiar se aprende. El grupo se consolida cuando los componentes viven una amenaza común y ese niño encuentra un excelente nexo con sus padres, con sus vecinos o con miembros de un grupo. En defensa de la «quema de Judas» Coripe argumenta que en otras ocasiones se ha quemado a Rato o a Urdangarin. Odiar es odiarse, como amar es querer ser amado. No sé si a algún político prohibirá esta fiesta, pero que la protesta sirva para adormecer el impulso, sobre todo en los niños. Porque como dijo Percy B. Shelly, «no despiertes a la serpiente, no sea que ignore cuál sea el camino a seguir».

Por Cristina Sánchez-Andrade Escritora y premio Sor Juana Inés de la Cruz de la FIL
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