El voto de izquierdas. Síntesis rápida

Debate de Atresmedia
Debate de Atresmedia

Los vimos en dos debates y mañana es el día. Pedro Sánchez, bien asesorado, se untó de vaselina para deslizarse por los debates y asomar por el otro lado tan impoluto como James Bond después de un tiroteo. Pablo Iglesias 3.0 se salió de la zona de los escupitajos y colocó con eficacia los dos mensajes que tenía que transmitir: que el voto a Podemos será útil para que gobierne el PSOE y que será necesario para que el PSOE cumpla algo de lo que dice. Es con diferencia el más culto de los cuatro líderes del debate. Y es el único de ellos que no puede ser Presidente. Y el que no tenía nada que los demás ambicionasen. Recordaba por momentos aquel gag de Tricicle, cuando salían los tres a boxear y uno de ellos acababa pegándose a sí mismo, porque los otros dos se enzarzaban sin hacerle caso. Nadie se jugaba nada contra él. Las derechas compitieron a bramidos a ver quién era más bruto. Pablo Casado encadena embustes con más rapidez de lo que tarda en desvanecerse el pasmo que provoca cada uno de ellos. La sonrisa transmite confianza y distensión, pero la sonrisa inmune a los vaivenes emocionales de los demás parece un poco tonta y te da pinta de no ser presidente. Rivera trepa bien pero tiene un problema con la cumbre y es que entonces se le ve entero. Cuando dominaba en las encuestas, se mostró entero en aquel bodrio patriotero con Marta Sánchez que abochornó hasta a Antonio Caño. Y cuando le había robado la cartera a Casado en el primer debate, se planta en el segundo con un montón de cachivaches de chamarilero, irritado e irritante, con demasiados cafés encima. No nos queda en el cuerpo ninguna célula de las que teníamos hace quince años, porque en ese tiempo todas fueron renovadas. Por qué no va a cambiar Rivera de ideas cada poco y decir una cosa y la contraria si cambia todo lo demás. Pero mañana la cosa no va de todo esto.

La subsistencia la marcan cinco cosas: la comida, la vivienda (con techo, luz y calefacción), la educación, la sanidad y la jubilación. Pagaremos lo que nos obliguen por estas cinco cosas. Cuando alguien no llega a la subsistencia, es pobre, con mayor o menor severidad. Quien consigue ganar más o menos para su subsistencia es de clase baja. El bienestar empieza donde se supera la subsistencia. Cuando se pueden comprar libros, ir al cine, cenar en una pizzería, ver la televisión o escuchar música, se tiene bienestar. Si se nos desprotege en las cinco cosas básicas, muchos no llegarán a la subsistencia y la gran mayoría trabajará solo para ella. El estado del bienestar se llama así porque el orden social está dispuesto para que la gente no reduzca su vida a la mera subsistencia. De esas cinco cosas estamos en una a la intemperie, la vivienda. La comida todavía es asequible para la mayoría. En 1991 Goldman Sachs, aprovechando la desregulación de Reagan, empezó a especular en bolsa con la alimentación. Convirtió en commodities 24 materias primas alimentarias. Reagan había quitado impuestos a los ricos y muchos de ellos invirtieron todo ese dinero en el nuevo índice de Goldman Sachs. Se creó una fuerte burbuja especulativa sobre los alimentos, se dispararon sus precios y millones de personas murieron de hambre. El dinero que se saca de los servicios públicos americanos se dedica a una actividad parasitaria e improductiva y la gente se muere. Puede que llegue aquí el hambre, pero todavía no. Y en las otras tres cosas, la educación, la sanidad y la jubilación, hasta ahora estuvimos bien protegidos. No tuvimos que empeñar salarios y propiedades para operarnos de corazón, ni tuvimos que hipotecarnos para que nuestros hijos fueran a la Universidad, ni nos amenazó la pobreza en la vejez. Pero los neoliberales, lo estamos oyendo en campaña, quieren someter al lucro privado esa santísima trinidad: sanidad, educación y pensiones. Ya empezaron. Nunca la iniciativa privada universalizó servicios básicos ni los mejoró. En ningún sitio. Concertada con el Estado o sin concertar. Nunca. Wert decía que el que no tenga dinero para los estudios es que lo gasta en otra cosa: si gastas dinero en viajes o libros, es que te sobra y no hay por qué pagarte la operación de corazón o la universidad. Es ahora más difícil que en los años 70 que quien nazca en clase baja deje de ser clase baja.

Bienestar es una palabra engañosa, porque sugiere lujo o capricho. El bienestar es la justa participación en la riqueza nacional. Si en un país como España llegamos a que trabajemos la mayoría para la subsistencia y a que muchos no lleguen a ella, será porque muy pocos se quedan con demasiado. El bienestar es un derecho; tenemos derecho a algo más que la mera subsistencia. Solo se puede tener si la subsistencia de todos es responsabilidad de todos en función de la renta de cada uno. Además, la mitad de la población tiene por su condición más riesgo de pobreza, de falta de bienestar y de seguridad personal que la otra mitad. La igualdad efectiva de hombres y mujeres introduce en el sistema unas pautas que rechinan con el neoliberalismo rapaz tanto como las medidas de sostenibilidad ambiental y quiebran prejuicios y estereotipos muy afincados en el subsuelo religioso y cultural.

De esto va la cosa mañana, no de la comunicación no verbal en el debate. Hay derecha e izquierda, como siempre. No es día para decir a quién votar, pero sí para decir que mañana se decide si gobierna la derecha o la izquierda y, siendo un día de reflexión, es un día para recordar por qué algunos nos sentimos de izquierdas y con qué tiene que ver eso. Y sí es un día para recordar a los interesados cómo son los votantes de izquierda demasiadas veces. A la derecha la votan los ricos y la jerarquía eclesiástica, pero esos son pocos. No se alcanzan 130 diputados con eso. La vota mucha gente normal porque cree que le va a ir mejor al país y a ellos. ¿Qué pareceré yo mañana si voto al PSOE? ¿Pareceré ya en retirada y como que no me atrevo? ¿Un cagón que se asusta de los rugidos de Vox? ¿Y qué pareceré mañana si voto a Unidas Podemos? ¿Pareceré un palmero de Pablo Iglesias, parecerá que me lo creí? ¿Expresará ese voto que estuve en manifestaciones con grises y que estuve en aquellas fiestas de acampada del PC en la Casa de Campo? Los votantes de izquierda tienden a creer que son más exigentes que los tontos de derechas que lo tragan todo. Pero los conservadores votan lo que creen mejor mientras los izquierdistas votan demasiadas veces preguntándose qué pareceré yo mañana votando a quién. Hay una escala que empieza en la afirmación identitaria adolescente y termina en el narcisismo, que la izquierda confunde con exigencia y que a lo que lleva es a la abstención o a votos irrelevantes que solo sirven para mostrar lo que quiero parecer mañana o para expresar mi mochila biográfica. En las últimas elecciones generales, de diciembre a mayo desapareció un millón largo de votos de Podemos e IU que hubieran cambiado radicalmente la situación política de España. En las elecciones autonómicas de Madrid, los 134.000 votos sin escaño de IU hubieran servido para que el Presidente fuera Gabilondo y no Cifuentes. En Andalucía muchos izquierdistas se abstuvieron, porque a ellos no se la dan, y PACMA sacó tantos votos como diferencia hubo entre C’s y Podemos, porque muchos votaron pero dejando claro a ellos no se la dan. La consecuencia es que ahora la extrema derecha está amenazando a funcionarios que gestionan la lucha contra la violencia de género y nos perdimos la escena impagable de Susana Díaz negociando con Podemos. No es día para predicar el voto, pero sí puedo decir como humilde sugerencia que votaré a alguien a quien de calificaría con un 4 sobre 10 y que tengo un convencimiento y una certeza del cien por cien de que es a quien debo votar.

Mañana hay que votar y mañana hay opciones de derecha y de izquierda. Los izquierdistas que no van a votar o van a votar varietés porque se creen muy exigentes deben recordar que para que una persona de clase media o baja crea que lo que necesita España es meter tanques en Cataluña hay que engañarla. Pero para que un izquierdista se abstenga creyéndose exigente ni siquiera hace falta engañarlo. Se basta él solito con un espejo al que mirarse haciéndose la pregunta clave: ¿qué pareceré yo mañana si voto qué?

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