Señores: a estas horas de la madrugada todavía no han anunciado su dimisión irrevocable. ¿Y por qué deberían hacerlo?, me preguntan. Se me ocurren, al menos, tres razones: por haber enlodado la política hasta límites inverosímiles, por haber blanqueado a la extrema derecha y otorgado a Vox credenciales de partido constitucional y por colocar al histórico PP al borde de la irrelevancia. Comprenderán que a mí, que nunca he votado sus siglas, no me preocupa demasiado esa última cuestión, pero sí me inquietan las dos primeras.
Miren, desde que se aprobó la Constitución, las elecciones en España siempre las ganó el centroderecha o el centroizquierda. Funcionaba el turnismo. Aunque mal avenidos, PP y PSOE eran primos hermanos, como delataba su apellido común: Centro. A ese parentesco se acogía Rajoy cuando, después de las elecciones de 2015, proponía una gran coalición para defenderse de los intrusos que habían irrumpido como elefantes en la cacharerría nacional.
Anoche, ustedes dos dinamitaron ese escenario. Ganó el PSOE por incomparecencia de su adversario tradicional. El centroderecha no se presentó a estas elecciones porque ya no existe: lo fulminó usted, señor Casado, con su deriva extremista. Se echó el PP al hombro y lo enterró en los dominios de la ultraderecha. Lo dejó claro en vísperas, al concederles a los energúmenos de Vox «la influencia que ellos quieran». Que usted, señor Rivera, se haya subido a ese carro no lo entiende ni el que asó la manteca. Su renuncia a ocupar el espacio abandonado por el PP escapa a toda explicación racional. Y así le fue. Dirá que creció en votos y escaños, pero debería hacerse mirar su frustración: ni verdugo de Sánchez, ni vicepresidente con la extrema derecha, ni jefe de la oposición, ni -me temo- líder indiscutible de su propia formación. ¿Y ahora qué, señor Rivera?
Jugaron irresponsablemente a crispar y polarizar. Echaron al PSOE del club constitucional y calificaron a Sánchez de felón, pero millones de españoles no los creyeron. Por eso triunfó la anti-España, que diría Abascal, el segundo vencedor de la noche. Y es que no se puede polarizar si uno no quiere.
Estoy más preocupado que exultante, señores Casado y Rivera. Me agrada la victoria de la izquierda, pero me aterra el monstruo que ustedes han sacado de la cueva. Hagan algo para frenarlo y, si no, váyanse a su casa.
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