Permítanme decirles una cosa: España es un país maravilloso. Nuestra sociedad está razonablemente bien armada en el terreno de los valores, si la comparamos con la de otros Estados europeos. Así lo indican todas las encuestas y también fenómenos como el 8 de marzo, a pesar de que a los españoles, al menos desde 1898, nos encante autofustigarnos y representarnos a nosotros mismos como una sociedad atrasada y con veleidades autoritarias. Nuestro talón de Aquiles como país siempre ha sido la falta de autoestima. Pero los datos refutan nuestra autopercepción distorsionada.

Las elecciones del 28A han demostrado que la sociedad española es más sensata de lo que muchos en la izquierda creían. No se ha dejado seducir por cantos de sirena ultraderechistas o por discursos simplistas sobre la ruptura de España, la inmigración o la seguridad. El miedo a esa deriva reaccionaria ha llenado las urnas de votos progresistas. Paradójicamente, en un momento en el muchos se empeñan en poner en cuestión el tradicional eje izquierda-derecha, estas elecciones han girado precisamente en torno a esos dos extremos, con frentes muy nítidos y prácticamente sin mediaciones. Y la derecha ha salido derrotada. Sin paliativos.  

Bien es cierto que Vox ha logrado entrar en las instituciones nacionales con 24 escaños. De ese modo España se suma a los vientos favorables a la derecha radical que soplan en toda Europa, con la honrosa excepción de Portugal. Pero los resultados de las elecciones son siempre una cuestión de expectativas. Y el souffle Vox ha bajado con la misma rapidez con la que subió en los comicios andaluces. Tanto sus simpatizantes como aquellos otros que desde la izquierda les temen, pronosticaban unos resultados sorpresivos que no se han producido. Y por si fuera poco Abascal ha conseguido, por la vía del fraccionamiento del voto de la derecha, llevarse por delante a un Pablo Casado que es el gran derrotado de las elecciones. El PP no solo ha perdido más de la mitad de los diputados que logró en 2016. También siente el aliento de Rivera en la nuca, que ya ha empezado a disputarle el liderazgo de la derecha.

Está por ver si Casado aguantará el tirón y se mantiene en el cargo. Pero el jarro de agua fría a los populares ha sido histórico no solo en lo cuantitativo sino también en lo cualitativo. Lograr un solo escaño en Cataluña y ninguno en Euskadi demuestra a la perfección la incapacidad de la derecha para entender bien la diversidad de la sociedad española. Y ese es un obstáculo insalvable para una formación que aspira a gobernar un país que es como es y no como sus dirigentes políticos quieren que sea. El giro a la derecha de Casado y el rescate del aznarismo del cubo de basura de la historia ha sido una pésima jugada de la que tendrá difícil recuperarse un Partido Popular con una base electoral particularmente envejecida. Rivera, por el contrario, representa a la derecha joven. Y por eso su capacidad de crecimiento ha sido exponencial, incluso aunque algunos considerábamos un error estratégico desatender el espacio del centro progresista en favor de la derecha neoliberal.

Con todo, es pronto para firmar el certificado de defunción del PP. Ya dimos por muerto al PSOE hace cuatro años y Sánchez logró, con una encomiable capacidad de resiliencia, situar de nuevo a su partido al frente de la política española. Pero si el PP quiere volver a liderar de manera indiscutible el centro-derecha, necesitará dar un viraje de 180 grados que difícilmente Casado podría pilotar. Es pronto para decirlo pero un PP con Núñez Feijóo a la cabeza probablemente tendría muchas más posibilidades de éxito. Más aún, me atrevo a decir (con la boca pequeña para que no me escuchen) que un Partido Popular con un joven moderado y centrista como Borja Semper al frente sería casi con toda seguridad el rival más peligroso para la izquierda. Espero que a nadie en la calle Génova se le ocurra tal idea.

El fracaso de Unidas Podemos no por esperado es más digerible. Merece una reflexión autocrítica que debería ir más allá de responsabilizar de todos los males a las cuitas internas. Hay algo en el discurso y en la actitud de Iglesias que ha dejado de seducir y que huele a naftalina, incluso aunque se haya confirmado como el líder político que mejor sabe gestionar los debates electorales. La posibilidad de que Unidas Podemos entre a formar parte del gobierno puede edulcorar un poco el resultado pero en absoluto puede servir de excusa para ser indulgente con una fórmula política que se parece más a la de Izquierda Unida que a la del Podemos de 2014.

Por su parte la victoria del PSOE es incontestable. Ha realizado una magnífica campaña electoral y Sánchez ha logrado dar un golpe en la mesa de su propio partido. Algunos de los barones socialistas que en su día alzaron la voz contra el diálogo en Cataluña y que forzaron para que no coincidieran las elecciones generales y las autonómicas pueden estar hoy arrepintiéndose. El acierto de Ximo Puig en la Comunidad Valenciana así lo ha puesto de manifiesto.

La posibilidad, conveniente agitada por Iglesias, de que Sánchez escoja formar gobierno con Ciudadanos parece cada vez más remota. La rotunda negativa de Rivera a contemplar ese escenario y los gritos de «con Rivera no» en la sede de Ferraz convertirían esa suma en un auténtico suicido político de los socialistas. Pedro Sánchez tiene además la posibilidad de utilizar una aritmética variable en la próxima legislatura, apoyándose en unas u otras formaciones según le interese en cada momento. Puede sortear, de ese modo, el mantra de la derecha de que el gobierno es rehén de los independentistas catalanes.

Con todo, los magníficos resultados de ERC ponen de manifiesto que la cuestión catalana será el gran reto de la próxima legislatura. Con un Sanchez con las manos más libres y una Esquerra más responsable y cada vez más alejada de la vía Puigdemont, es posible alcanzar puntos de acuerdo que pongan fin a un conflicto que a nadie beneficia.

En menos de un mes tendremos nueva cita en las urnas. Y quedará definitivamente configurado el mapa político territorial para los próximos cuatro años. Está por ver si la izquierda mantiene los magníficos resultados de las generales o si la derecha recibe un pequeño balón de oxígeno en forma de poder local y autonómico. El miedo a Vox parece haberse diluido un poco tras los resultados electorales. Conviene estar alerta ante posibles derivas ultraderechistas. Pero la sociedad española está bien pertrechada de valores progresistas para combatir esa ola reaccionaria que estamos viviendo. Y es que, aunque a veces pensemos lo contrario, vivimos en un país maravilloso.

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Un país maravilloso