Lo que España se jugaba en estas elecciones era casi todo. Se jugaba, en primer lugar, tener un Parlamento gobernable y un gobierno con una mínima estabilidad. En segundo lugar, decidir si hoy se levantaba más conservadora o más de izquierdas. Y además, si el avance de la extrema derecha era tan inquietante como decían los rumores; si la subida de Podemos asustaría a los mercados y si una alianza inevitable con los independentistas podría exaltar todavía más ánimos españolistas, aunque nadie haya podido aportar ninguna prueba de algún pacto consumado.
La realidad final que nos dejaron las urnas es que ningún partido consiguió entusiasmar a la mayoría, lo cual abre un debate nuevo sobre la calidad de los líderes y el atractivo de sus ofertas. Ese vacío de carisma en los dirigentes y de atracción de sus programas hace que tengamos un parlamento mucho más fragmentado, que conduce a una ineludible necesidad de pactos cuya organización y perspectivas ya fueron uno de los ejes de la campaña electoral. Desdichadamente, la única posibilidad de acuerdos antes y después de hablar las urnas es la entrega del gobierno a uno de los bloques que se han formado.
La decisión mayoritaria de los españoles ha sido que pueda gobernar la izquierda o la coalición con Podemos. El Partido Socialista creció en votos, menos de lo que le correspondía después de una buena campaña de Pedro Sánchez y después de utilizar el Consejo de Ministros con fines electorales. Pero logró tres éxitos: la primera victoria en tres años, la imposibilidad de que la derecha acceda al poder y la ausencia de necesidad de pactar con los independentistas. No podía pedir mucho más. Ahora le corresponde elegir entre Ciudadanos y Unidas Podemos o intentar un gobierno en solitario con apoyos puntuales. Esto último es la inestabilidad. Lo conveniente para el país es el pacto con Ciudadanos, difícil por los ataques mutuos previos. Lo más probable, hacer un frente de izquierdas.
Si esa fuese la decisión de Sánchez, lo primero que tiene que hacer esa izquierda plural es ponerse de acuerdo en un programa de gobierno. Y tiene que proponerse tranquilizar a los mercados, que pueden sentir el pánico de ver a gentes de Iglesias al frente o influyendo en la política económica. Tampoco será fácil la convivencia entre un Sánchez que prometió que no habrá autodeterminación de Cataluña y un Iglesias que defiende un referéndum. Difíciles tareas. Difícil cohabitación. La única tranquilidad es que Pablo Iglesias habrá aprendido la lección: España quiere moderación. Y si la quiere para votar, la quiere también para gobernar. Pero es Sánchez quien tiene que decidir. Del resto hablaremos los próximos días. Y hay mucho que hablar.
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