El primer paso para recuperarse de una derrota es reconocerla. Y, por ello, antes de hacer ejercicios de funambulismo cambiando completamente de discurso en 24 horas, como quien echa la camiseta sucia a lavar y se pone una nueva antes de ducharse, creyendo que así soluciona el problema, lo que debería hacer el PP es analizar cuál es su situación, qué papel le toca jugar durante los próximos cuatro años con los 66 diputados que le han otorgado los españoles y qué puede hacer de bueno con ellos para el bien de su país.
Cualquiera que haya leído asiduamente esta columna sabe que Pedro Sánchez no es mi hombre ideal para gobernar España. Pero es incontestable que ha ganado. Y también que va a gobernar, porque ningún otro partido está en condiciones de hacerlo. Por eso no se entienden los saltos de alegría de un Albert Rivera que se comporta como si hubiera vencido y se autoproclama líder de la oposición, cuando es tercero y ha logrado 57 escaños. Es decir, 66 menos que Pedro Sánchez. Aun siendo corta, la victoria del líder del PSOE es inapelable. Tiene tantos diputados como el segundo y el tercero juntos, 123. E, igual de importante, no hay posibilidad de derribarlo en una moción de censura, porque la derecha no apoyará nunca a Iglesias como alternativa, ni la izquierda y el nacionalismo a Casado.
Asumido por tanto que Sánchez va a gobernar, el ejercicio de responsabilidad no consiste en arrinconarlo para dejarlo sin más opción que pactar con el populismo o, peor aún, con los independentistas. Eso sería apostar por aquello que dijo en su día Montoro: «Que caiga España, que ya la levantaremos nosotros». A España podrá irle mal o bien con Sánchez al frente del Gobierno. Pero es seguro que le irá mucho peor si Iglesias es el vicepresidente y Pablo Echenique el ministro de Trabajo. Y eso es lo que hay que evitar a toda costa. A quienes defendimos en el 2015 que el PSOE debería abstenerse para facilitar que gobernara Rajoy porque el líder del PP ganó y le sacaba 33 escaños de diferencia, no nos queda más remedio que pedirle a los populares que se abstengan para facilitar que Sánchez, que les saca 57, gobierne sin depender de Iglesias o de Rufián.
Lo coherente sería que, aun sabiendo que no hay ninguna posibilidad de ello, Casado propusiera el 6 de mayo a Sánchez formar un Gobierno de coalición, que es lo que Rajoy ofreció al socialista en el 2015. O que, alternativamente, le brindara su abstención, siempre que se comprometa a no gobernar con Unidas Podemos y a no pactar con el independentismo, y le planteara acordar las grandes cuestiones de Estado, para lo que ambos tienen una mayoría amplia. La abstención del PP bastaría para que Sánchez fuera elegido sin someterse a las exigencias de Iglesias ni al chantaje secesionista. Y, por tanto, si Sánchez acabara plegándose a unos o a otros, quedaría claro que lo hace por voluntad propia, y no por necesidad. El papel del PP es ejercer una oposición dura, pero constructiva para España. Y no sentarse a esperar que un Gobierno de Unidas Podemos hunda el país.
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