Sueño y mentira de Vox


Si alguien piensa que, después de las últimas Elecciones Generales, se ha disipado el riesgo de que la política española esté fuertemente condicionada, a corto o medio plazo, por el discurso nacional-populista, se equivoca de punta a cabo. Ninguno de los países de la Unión Europea (UE) en los que el griterío de la extrema derecha y corrientes populistas afines llena el espacio del debate público o en los que avanzan palmo a palmo las llamadas «democracias iliberales» llegó a este estado de cosas de la noche a la mañana. Recordemos, por ejemplo, que el Frente Nacional francés (hoy Rassemblement) o la Liga italiana (antes Liga Norte), espejos de referencia para este movimiento en el corazón del continente, emprendieron su camino en 1972 y 1991, respectivamente, arrancando cuotas de poder y protagonismo paso a paso, hasta que la Gran Recesión les dio la plataforma necesaria para erigirse en alternativas electorales potencialmente ganadoras. En España, con la salvedad casi accidental del diputado de Fuerza Nueva en las Generales de 1979 (con 378.964 votos en todo el territorio, liderando la coalición «Unión Nacional»), la inepcia y división de los partidos de ultraderecha, la constitución del Partido Popular como referencia aglutinadora de todo el espectro de derecha y, sobre todo, el florecimiento de los valores democráticos y constitucionales, nos convirtió en una honrosísima excepción, mientras contemplábamos a las fuerzas democristianas y conservadoras europeas cada vez más acogotadas por la rabiosa demagogia del populismo de derecha. Las cosas, como sabemos, han cambiado, como ha quedado certificado con los 24 diputados y los 2,6 millones de votos de Vox (10,26%), aunque no lo ha hecho tanto la extrema derecha, que no se ha modernizado ni moderado precisamente (baste recordar su inicio de campaña evocando la Reconquista, ahí es nada), más que en ciertas habilidades comunicativas en la era de la desinformación y los hechos alternativos. Ahora, aunque Rivera y Casado (éste a fuerza del batacazo en las urnas) parecen haberse dado cuenta de que tienen mucho que perder a manos de Vox (y también entre el electorado moderado) si entran en la competición de agitar los jugos gástricos del nacionalismo español más cavernario, es difícil, a resultas de los precedentes, confiar plenamente en su capacidad de hacer frente con determinación al veneno disgregador que exhala el discurso nacional-populista. Además, ya es tarde porque el resultado de Vox, aunque no tan importante como la asistencia multitudinaria a sus mítines hacía temer, les ha permitido irrumpir con un apoyo considerable, gracias, en parte, a la condescendencia inicial y al colaboracionismo andaluz de PP y C’s (partidos que debieron confrontar este brote, con firmeza, desde el inicio) y se corre el riesgo de que se afiancen si juegan bien sus cartas o el contexto les favorece.

En todo caso, C’s y el PP deberían, aunque sea a destiempo, convertirse en los primeros interesados en atacar los postulados de Vox, defendiendo de forma plena los principios constitucionales en su integridad (incluyendo el Estado de las Autonomías y el Estado Social) sin deformarlos ni apropiárselos, demostrando la mentira intrínseca del nacional-populismo y no cayendo en las tramposas disyuntivas de la ultraderecha (que llega a la sandez de contraponer el sistema pensiones ?que quiere llevar hacia un esquema de capitalización, por cierto- al modelo autonómico). Tienen ahora una oportunidad de oro, en las Elecciones Autonómicas, Municipales y Europeas del 26 de mayo, para poner de relieve que el autoritarismo que inspira al nacional-populismo no encaja en un futuro en el que el respeto por libertades y derechos sea denominador común. Que el proyecto conjunto de España pasa por un modelo que preserve la cohesión respetando la diversidad y el derecho al autogobierno de sus territorios, en el marco constitucional y estatutario. Que el nacionalismo español uniformador e inquisitorial hace muchísimo daño a la convivencia en nuestro país, entrando en una competición con el nacionalismo independentista, con el que se retroalimenta, queriendo unos y otros «hacer grande» no sé sabe a qué nación eterna, siempre necesitada de salvadores. Que las políticas sociales y los servicios públicos no son dádivas caritativas ni cargas insoportables sino la verdadera juntura del tejido humano en el que nos integramos. Que el cambio climático y la crisis medioambiental no son ni inventos de los chinos ni cuestiones secundarias sino, posiblemente, el problema más grave al que se enfrenta la humanidad en nuestro tiempo. Que la igualdad entre mujeres y hombres requiere mirar de frente a las discriminaciones indirectas y estructurales que persisten, sin añorar un tradicionalismo patriarcal que repele a la razón. Que la visión dulcificadora de la dictadura franquista y la falta de reconocimiento a la lucha por la democracia (llevada durante décadas en nuestro país en condiciones tremendamente difíciles) es el abono para alentar nuevas corrientes autoritarias. Que de nada nos servirá refugiarnos en una concepción alicorta de la soberanía si no sabemos compartir espacios de cooperación internacional con los países de nuestro entorno (también la ribera Sur del Mediterráneo y Latinoamérica) y profundizar en una integración europea con la que es imprescindible estar plenamente comprometidos, protegiendo el proyecto comunitario ante los populismos, que se la tienen jurada a la UE. Que, cuando venga, en su momento, la próxima crisis económica o la revolución tecnológica incremente las desigualdades (si no lo remediamos) y, con ellas, la exacerbación del malestar y la sensación extendida de pérdida de control que atenaza a muchas personas en su vida diaria, no canalizarán esa ansiedad contra el sistema democrático y sus instituciones, las minorías o los valores cívicos.

El sueño de Vox es que el centroderecha español se vea acoquinado y desconcertado, bailando al ritmo del nacional-populismo, que, bien mirado, se parece bastante al paso de la oca. Nada nos asegura, a día de hoy, que ese peligro este conjurado. El futuro de la democracia española depende, en primera instancia, del apego de los ciudadanos a los valores en que se fundamenta y de su compromiso diario con tales principios. Pero, también, de la capacidad estratégica de las opciones conservadores, democristianas y liberales para hacerse valer, con toda consistencia, ante la fantasía autoritaria del nacional-populismo, verdadera pesadilla política de nuestros días. Y, aunque compitan por los votos, de momento, nadie en C’s ni en el PP (ni en Foro) le hace ascos a pactos con Vox aquí y allá, si los números les salen el 26 de mayo.

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